El cielo bohemio

Irusta ¿Agustín Irusta?, sí, lo tengo. Ya se lo pongo jefe – y corre al mostrador a buscar en la pila de cds  piratas que conforman la discoteca de ese pequeño bar.
ahhh, vos tenés mucha música, pero no sabés programar… – lo mira con los ojitos a medio cerrar que se adivinan juguetones, como el comentario.
Pero aquí viene y se le atiende como merece – responde desde el mostrador con la gran sonrisa que no se ha desdibujado desde que nos sentamos en una de las mesas que acaba de sacar a la terraza.
No me ‘lamboniés’ que no te voy a dar nada… – y ambos ríen a las carcajadas.

Son las 11 y la mañana comienza así, con esta mini tertulia, llena de nostalgia y cada vez más pasado repetido y sentido. Con tango y cerveza en un medio día cómplice, mi papá comparte uno de esos lugares a donde iba cuando nadie sabía en dónde se metía. Y es simplemente una tienda al borde de La 80, justo en donde se puede ver a la señora, a la niña y al jubilado que suben las escaleras que los lleva, a paso seguro, al otro lado de la avenida.

Hoy el sol celebra una mañana despejada con olor a tierra húmeda. Una brisa ligera diluye el olor citadino que acompaña al asfalto. Y la voz de un revivido cantor austral sale por los parlantes conectados a una vieja grabadora que todavía presume de casetera. La potente voz del rosarino llena los espacios abiertos del parquecito al lado del bar y de los cuatro metros de andén que hay hasta la calle.

Eso lo grabó aquí. No es una buena versión, le falta acompañamiento – reflexiona mientras apura un largo sorbo de Pilsen, la de siempre, la paisa.

Es para que luzca la voz, supongo – respondo por decir cualquier cosa  mientra tomo un trago de mi Club Colombia roja.

Sí, pero es solo un piano, es pobre – escucha con atención mientras mira a ninguna parte; siempre le gustaron las grandes orquestas, los acompañamientos sofisticados.

– Irusta se la pasaba mucho por acá, se mantenía por los cafés del barrio Colombia, lo conocían mucho -. Toma el segundo gran sorbo y casi termina la botella. La pone en la mesa y sonríe con placidez mientras las hojas del árbol hacen que los rayos de sol bailen sobre su cabeza blanca.

Sus 77 años y esa maldita enfermedad que va embotando su presente, lo hacen recrear cada vez con más emoción su pasado.

De pronto me mira con esos ojos pequeñitos ya de tiempo y cansancio y con su gran boca extendida hacia sus mejillas surcadas de históricas sonrisas repetidas, se complace:

Es que la vida bohemia es muy buena. Yo aspiro a llegar allá, al cielo bohemio.

Un café para recordar

Recordé ese inolvidable viaje a Nueva York antes que cayeran las torres. Ignoro como siguió la ciudad después de aquello, pero esa ciudad sigue despierta y alegre en mi mente. Las interminables caminatas con un eterno hot cocoa en mi mano, pequeñas librerías como alguna, creo que en el Soho, dedicada a literatura de izquierda y que en ese entonces acompañaba desde sus muros y vitrinas una campaña a favor de la liberación de un ciudadano de origen antillano condenado a muerte. Pero a la vez Barnes and Noble, en la que casi termino encima de un perro bull dog de ojos cansados que esperaba paciente al lado de su dueña que hojeaba una pila de libros en el suelo.
Las grandes tiendas, las calles estrechas, la quinta avenida, el Metropolitan, el Guggenheim, The Frick Collection en donde vi por primera y única vez un Vermeer. The Cloisters!!! O Los Claustros, anyway. Cómo me gustó ese lugar sobre una colina frente al Hudson. Un pequeño oasis al norte de esa isla en donde los gringos – solo ellos hacen aquello – reprodujeron enormes claustros y trajeron de tierras lejanísimas pedazos enteros de muros y arcos de piedras de auténticas construcciones medievales europeas, ¿de dónde más si no?
El decepcionante ‘Cascanueces’ en el Lincoln Center; El blanquísimo Central Park en invierno; La cerveza Paulener que solo volví a encontrar en este continente tantos años después, en bares porteños al otro lado del mundo. El lassi de los restaurantes hindúes; el restaurante que inauguró mis noches ‘nuyorkinas’, un local chino/dominicano en Broadway Avenue.

Y este café gringuísimo, al que vengo por primera en Buenos Aires, que ni el paso del tiempo ni los miles de kilómetros de distancia le sacan la impronta estadounidense; gente parecida con computadoras portátiles y celulares de alta gama al lado de un gran vaso de café con la conocida sirenita coronada. Algo tan poco autóctono que me trasladó a esa ciudad que, decían en aquella época, nunca dormía. Supongo que seguirá así, quizás por otros motivos. Ahora prefiero estos rumbos porteños y que cada tanto se me cuele en la memoria el recuerdo maravilloso de otra época.

Herederas del telégrafo

Esto del feisbuc, tuiter y esas redes sociales que ahora manda la parada en internet están haciendo que los mensajes sean telegráficos. Dignos sucesores de Marconi. Las frases cortas; los mensajes escuetos y sin vuelos explicativos. La Imagen tomada de El tamiz.commente formateada para el ahorro de palabras, acorde al ritmo acelerado de esta vida que nos atropella y, que sobre todo, tiene inmediata fecha de vencimiento. Al menos, así la vivimos.

Y es un camino casi insconsciente. Volver a escribir en el blog tuvo, para mí, la intención explícita de volver a acariciar el lenguaje, dejarme llevar por lo que Grijelmo llamó “la seducción de las palabras”. Buscar los sentidos más íntimos de sus significados, alejarme de los lugares comunes y la prisa del periodismo de diario. Encontrar los márgenes que no me da la noticia de hoy y que mañana, ya impresa, solo sirve para envolver pescado, o huevos. A elección.

Y de pronto, me soprendo escribiendo esto, aquí! en mi lugar de libertad y permisión, mi lugar para el capricho:

Sábado. Traspiés de agenda. Finalmente nada salió como debía salir. Frío y una copa de vino.  Mañana trabajo y solo hoy quedaba…

Duras, cortantes, claras, pero sin las sensaciones que las inspiraron. Un lenguaje que cumple su función, sin disfrute. Una tendecia exhibicionista, como toda autorreferencia, con el agravante de despojar el relato de su función enriquecedora. Al menos, de intentar que así sea.  Quería describir  esa sensación plácida y libre, que muy pocas veces se nos permite en este ajetreado nuevo mundo que nos impone además la información precisa y rápida de la vida social virtual. Quería hablar sobre la no conciencia del deber; la dulce irresponsabilidad del ocio, cuando aún hay mucho por hacer.

En realidad solo quería darle estatus de belleza a dormir tres horas y dejar que el mundo cayera alrededor sin que se me moviera un pelo.

Pero la reflexión se fue al carajo. ¿Será que  la retórica desaparecerá en brazos de estos nuevos canales de comunicación? En el primer sentido que la RAE la entiende:  

Arte de bien decir, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover.

Y no solo para informar.

¿Cuántas palabras necesitaremos para eso? Pocas. Definitivamente muchas menos que las que trae un diccionario. Si las redes sociales atraen a millones ya, y van en aumento, y la paciencia que necesita la buena escritura y la mejor lectura, menos cada vez, entonces…

En fin, reflexiones de una noche de sábado, con una copa de vino…

Poesía procaz, una joyita en El Malpensante

20090917035625_002En esa revista a la que debería asomarme con más asiduidad para recordar lo que es leer con delicia y cada tanto liberar mi mente de las fórmulas del periodismo del día a día, encontré esto:

Breve historia del pene,
y aledaños, a través de los siglos y los años
Una recopilación de “lírica obscena” semi anónima. Un placer para los días lluviosos y ociosos como el de hoy. Les dejo de muestra algunos versos, herencia de una añorada bohemia que se vivía en los cafés y bares de cuando no existía esto de los blog y la cibercultura.
De Los Orígenes:
Vencido Adán por femeninas tretas
a Eva preguntó: ¿Por dónde orinas?
Repuso ella, cogiéndose las tetas:
Yo me aguanto las ganas, ¿tú qué opinas?

Se presume que fue, de esta manera,
como el mundo llegó a la berraquera.
Y la herencia que de Eva se recibe
en los próximos versos se describe.

La Biblia en sus libros iniciales
poco habla de las partes genitales.
Pero se dice, con saber rotundo,
que el tórtolo es el eje de este mundo.

Dicen que el malparido de Caín
mató a un equino y le arrancó el tomín.
Y, blandiendo tal arma con la mano,
a tortolazos liquidó a su hermano.
De Personajes:
Y así, la Inquisición, con mano dura,
resolvió establecer la capadura
que consiste en dejar las vergas solas
sin la presencia augusta de las bolas.

César Borgia en sus locos desenfrenos
agarraba a Lucrecia por los senos,
y si ésta protestaba, con brutal cinismo,
sacaba el pene y la clavaba ahí mismo.

Carlos Marx en sus libros sostenía
que la paja es cuestión de economía,
y otros dicen que el cálido caudillo
simbolizó la verga en un martillo.

‘Flashback’ musical, lo que me queda de ellos

casete-en-bubble-columns.gif No se si es casualidad o si estoy pasando un período especialmente nostálgico. Pero últimamente he tenido varios encuentros y re – encuentros musicales que me han teletransportado a otras épocas.

A riesgo de revelar mi edad, a lo cual me niego sistemáticamente y cada vez con más terquedad – que si lo pienso, en realidad, me juega en contra -, todo comenzó hace unos días cuando en el canal Films & Arts me detuve al escuchar una de las voces inconfundibles que marcaron tiempos mocísimos. Era Siouxsie Sioux, esa vampira inglesa que me transformaba con su voz. En realidad no se en qué, porque en mi candorosa inconciencia de entonces, había decidido que me gustaba y ya, sin ningún orden ni criterio musical.

Por esos días muchos grupos y cantantes llegaron a mi vida de manera caprichosa en casetes grabados a gusto de quien sabía. En mezclas extrañas que yo me limitaba a escuchar como cátedras del saber que hay saber, conocí a Joy division, a Nina Hagen, a Velvet Underground, a Violent femmes, a Nick Cave and the bad seeds, a X, a Roxy Music, a los Smiths, a Yello, a los Talking Heads y a un montón más que, como si hubiera quitado un tapón, ahora salen a chorros de mi memoria.

No tenía idea de qué tipo de música hacía ninguno de ellos. Solo que algunos me gustaban más que otros. Siouxsie me sedujo siempre con esa voz ronca, que venía de una profundidad que se me hacía conocida y que me emborrachaba un poco más cada vez que la escuchaba, con la oscuridad de algunos de sus sonidos, los escenarios en los que la veía, su cabello renegrido y ese maquillaje dark. Se acoplaba perfectamente a mis momentos de humor dramático y un poco rebeldes.

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Y otra vez, su presencia que sigue siendo magnética, me volvió a atrapar. El concierto en Films & Arts era un reecuentro con sus banshees en el 2002. Gocé tanto de verla sin miedo a perder el peinado con el sudor, sin movimientos de diva, solo los que le marcaba lo que sentía con la música, que una hora de ella me hizo replantear seriamente el propósito que tenía de cancelar mi suscripción a la señal de cable. Quizás estos re – encuentros valían el resto de inútiles horas que pago al dope.

La semana pasada experimenté otro flashback. En un blog que he estado explorando en las últimas semanas, Bajate del auto, pelotudo, el Ringo Starr que lo escribe andaba perezoso y parece que inspirado en la lluvia colgó la canción Gypsy de Suzanne Vega. Y otra vez mis sensaciones de antaño volvieron a aparecer. Otro re – encuentro.

Su voz siempre tuvo una especie de magia apaciguadora y acompañaron momentos que se me antojaban como oasis en medio de turbulencias. Música y voz que me conciliaba conmigo misma cuando todavía no terminaba de entender ese mundo al que quería pertenecer y para el que yo todavía me sentía tan verde. El mundo de los eruditos al que yo me asomaba con ojos hambrientos. Sí, Suzanne Vega me acompañaba con buenas sensaciones.

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Y para cerrar una semana de memorabilia, el domingo leí en Radar de Página 12 una entrevista con Jarvis Cocker. No fue éste un re – encuentro, sino una especie de nuevo encuentro con sensaciones familiares que alguna vez despertaron en mí esas otras voces. Encuentro con viejos conocidos a través de un desconocido.

Un par de ideas me devolvieron a esa rebeldía de antaño, a esa hambre que no logré saciar en otros tiempos:

“La cultura no debería ser un ente pacificador. No debería ser algo que uno acepte de forma pasiva. Debería ser algo disruptivo que te hace pensar y cuestionar cosas, que abre debates.

Cuando estás viendo una película en DVD el tiempo pasa y la sensación es que las cosas pasan por el costado. En vez de comprometerse con lo que uno está viendo o escuchando, es un tranquilizador.

Aunque puede ser que nuestra idea de que antes la música ‘importaba’ más, cambiaba vidas, tenga que ver con que romantizamos un tiempo donde todo costaba más, esta tonta idea de que algo tiene más valor porque es raro.”

Y me sorprendió. Porque Sí, Sí, eso era. Eso significó. Todo tenía valor porque era raro. No lo entendía muy bien pero sentía que ahí tenía que estar, la diferencia venía por ahí. Que Morrisey dijera que antes de cumplir los 40 se iba a suicidar, por algo así como que ya tenía que haber hecho lo que tenía que hacer, era transgresor. Me atemorizaba, pero admiraba su audacia. No importa que ahora ande por los 50 y siga vivito y coleando.

No importa que yo haya “torcido” mi camino y terminara siendo más caribeña que ¿rockera? ¿punkera? ¿popera? Ni idea, ahora tengo un poco más de conciencia, pero tampoco se mucho más que entonces.

Ahhhh!!!… En fin, que los hombres de mi vida me han dejado algunas cosas. Sí. Porque todo esto no se trata sino de hombres. La inevitable y eterna presencia de esa mitad que me gusta tanto. La conocidísima historia de tratar de llegarles. Esos enamoramientos que han hecho que explore caminos y sensaciones que no hubiera conocido de otro modo y que, por retazos, terminan siendo ingredientes que ya son parte de mi propia vida.

Y como siempre llego tarde a todos los “descubrimientos” musicales, Jarvis Cocker tendrá que esperar, quizás para formar parte de otro momento nostálgico. En contradicción con su propia frase:

“Quiero sentir que la gente está participando activamente en algo antes que sentir que lo está consumiendo.”

Imposible no sentir antes que lo voy a consumir si para participar tengo que pagar mínimo 200 pesos para verlo… parada!!!

Comienzo a perder el pudor para bajar música pirateada…

mi plan maestro en el blog de Falso Profeta- blogspot

Esta insensata alegría

mapale-foto-de-cdveston-en-flickr.jpg Por razones que no vienen al caso mencionar, debo posponer un esperado viaje a Colombia. Iban a ser vacaciones, pero había acumulado tantas anotaciones de todo tipo acerca de lo que quería hacer cuando estuviera allá, que ya era más un viaje de revancha. Un ilusionado desquite de lo que he extrañado, de lo que nunca hice en toda mi vida y de pronto se me antojó indispensable, de lo que quería recuperar, de encuentros y de recorridos nuevos por viejos caminos.

Iba a comer, tomar, caminar, fotografiar, hablar, mirar, bailar, todo menos descansar. Iba a sorber colombianidad, a re – abastecerme.

Ahhhh, pero la vida no es justa, me dijeron alguna vez, queriendo teorizar sobre lo que la realidad me restriega en la cara una vez más.

En mi nostalgia, decidí cambiar un rato las esperanzas y desesperanzas de los secuestrados, la indignación por la parapolítica, la desazón por los desplazados y las posiciones políticas que tanto han dividido a ese país que comparto con otros 44 millones, por la música.

Y como frente a la tristeza lo nuestro no es la masoquista puñalada trapera, sino la insensata y abandonada alegría, danza-de-los-negros-de-santa-lucia-foto-de-katia-oliveros-c-en-el-blog-de-hugo-gonzalez-montalvo.jpg el asunto desencadenó en un baile tras otro al son de cumbia (la nuestra, claro), bullerengue, fandango, vallenato, salsa y gaita.

La nostalgia pasó de la evocación al movimiento. Y no hubo escapatoria, todos los sentidos estuvieron al servicio del cuerpo propio, que revivió con la música. En él se condensó todo, los recuerdos, la esperanzas, las alegrías por venir y las que se gozaron, la melancolía, algún desconsuelo y ese 50% de caribe que tengo.

No toda Colombia es caribeña, pero toda Colombia se contagia de la fiesta caribeña. Y justo esta semana estamos con la resaca de los carnavales colombianos. Esa fiesta que une a la América que recibió una inmensa herencia negra, costumbres cristianas y paganas, vida colonial de amos y esclavos y tradiciones europeas de carrozas y cortes. Esa pachanga que exhibe esa sabrosa mezcolanza que no solo se goza por estas épocas, sino que se revive cada vez que escuchamos a algún grande del caribe colombiano como Joe Arroyo (no todo es Shakira), en Yamulemau o en ese clásico de clásicos Rebelión.

Los Carnavales de Barranquilla que son los más famosos del país y parece que son también de los más convocantes del hemisferio después de los de Río de Janeiro, fueron declarados Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por la UNESCO. Sin embargo y pese a la comercialización del espectáculo que viene con los grandes rótulos, el carnaval sigue siendo una manifestación de cultura popular.

cumbiamba-foto-de-cdveston-en-flickr.jpgAntes que comience la rumba oficial con la Batalla de Flores, sus grandes carrozas llenas de color y de reinas y el Festival de Orquestas, los barrios, barriadas y las comunidades de la región viven las previas de su propio carnaval cada fin de semana. Esos lugares, casi clandestinos el resto del año, en los que el ron corre al ritmo de la cumbia, el chandé, el porro y otros ritmos de la tradición caribeña, celebran verbenas, eligen sus reinas y parrandean de lo lindo, porque gozar y bailar es la consigna.

Una semana antes se realiza la Guacherna, una sugestiva palabra que de un instrumento para la interpretación de la cumbia, se convirtió en sinónimo de un desfile nocturno al ritmo de tambores, cumbiamberos y comparseros, con la presencia de reinas que se mezclan con cuanto rumbero aparezca.

Todo termina con la muerte de Joselito Carnaval. El llanto, los funerales y las velas son numerosas y simbolizan los “recogidos” días que se vienen de cuaresma y abstinencia de carne. Bah! más fiesta.

En fin… Con la música me contagio de esa otra cara de Colombia que convive con la que nos muestran las noticias y que nos hacen sentir que estamos al borde del abismo.

En cierto sentido es así, pero la realidad es tan compleja que todavía nadie entiende porque los colombianos nos hemos declarado uno de los pueblos más felices en el mundo en varias encuestas y a pesar de la distancia sigamos empeñados en revivir esta insensata alegría a través de la nostalgia.

Como le escuché a alguien alguna vez, los locombianos podemos estar hablando de la peor de las tragedias en el día y en la noche disfrutar de la más bulliciosa de las parrandas.

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Errores menores y metidas de pata

por AguijarroAnoche fue una noche difícil. No dura especialmente, pero sí una de esas en las que surgen esos momentos de balance preguntón. ¿Cuántos errores cometidos han determinado mi vida? ¿Mi vida ha torcido su camino por algún error nervudo? ¿De esos que siguen dejando restos entre los dientes?

Hay desaciertos, hay torpezas y hay disparates. Últimamente y como siempre, he cometido algunos. Me he equivocado con una palabra de más, con un juicio sobre algo, la torpeza ha hecho que me tropiece con pequeñas piedras y termine magullada y además, hice desaparecer del computador el trabajo de toda una tarde.

Pero diciembre, mes de recuentos y recuerdos, vino en auxilio de mi autoestima dolorida. Al menos para demostrarme que hubo embarradas peores. Porque hoy es 12 de diciembre…

Y mi achicharrado cerebro revoloteó hacia otro 12 de diciembre. … hace 10 años ya! Ese 12 de diciembre cuando comenzó todo …

Bogotá, 9 de la mañana. Ya no recuerdo si era lindo día. Con la suerte que se desató para mí a partir de entonces, seguro hacía sol en ese ciudad eternamente lluviosa. Dicen que la lluvia, en los días que deben ser especiales, es de buena suerte.

Me levanté muy nerviosa y ya agotada mentalmente. 15 días de tratar de mantener en equilibrio las bases de un castillo de naipes que igual se calló después, eran demasiado. Aguardientes dobles con cara de triple, como los pedía la gaviota, para soportar miradas inquisitivas y desconfiadas y algunos whiskies para sobrellevar dos viajes en avión en una misma semana. Ya el día no había comenzado como debía.

Sin siquiera un café y corriendo, salí hacia la pequeña tienda en la que tres días antes había dejado para ajustes de última hora – todo por esos días fue a última hora – un vestido sobrio, medio señoritero pero lindo, que dejó a todos contentos. Aún lo conservo y no se por qué no puedo deshacerme de él.

La diseñadora llegó tarde, así que cuando salí de allí con el vestido en la mano y con el arreglo como no era pero sin tiempo para corregirlo, ya eran las 11 de la mañana. Tomé un taxi y me fui al Centro Comercial en el que había pensado que podía encontrar una oferta aceptable de zapatos que le hicieran juego. El tiempo, o más bien la falta de él, decidió la elección de ese delicado modelo señorero y muy conservador que tuve que comprar. Mi “permisiva” concesión fue el largo de la falda y las medias de liguero. Una picardía que no se si disfruté y apreciaron, me parece que fue olvidable, ya no lo recuerdo.

Con un bolsa de traje y una caja de zapatos, otro taxi. Otra improvisación. Sentada frente al espejo y de espalda a una mirada zalamera pero dispuesta a hacer lo que le diera la gana con mi cabello, pedí mi último deseo con mirada suplicante antes de abandonarme:

– Algo sencillo, ni moños ni cabello recogido, el pelo suelto y con forma nada más…. ahhh, y rápido por favor, me caso a las 5.

Error groooooso.

– Hay no querida!!, tienes que estar divina. Ya verás como te vamos a dejar…

Me abandoné. Estaba cansada. Dos horas después y sin haber querido mirarme antes, arriesgué un atisbo al espejo. El personaje que me miraba tenía los ojos asombrados y a punto de llorar, ¿Sería probable que, bajo las pestañas postizas, los kilos de sombra y base y el cabello tieso, alguna vez volviera a ser yo? Creo que en ese momento comencé con la pesadilla de zafarme de tanta cubierta.

Otro taxi en una carrera aún más veloz, y queriendo que mi cabeza y toda mi historia se convirtiera en la de The Residents, un misterio que canta Living in vain.eyehat.jpg

Llegué directo al baño a tratar de arrancarme las pestañas. Sonó entonces el teléfono y me llegaron los ecos de las típicas peleas de mis padres:

– Su mamá… no se donde está… ya sabe cómo es ella. Sí, llegamos hace un rato y ya se fue, está con su tía.

– Ay, mami… es que ehh ave maría, su papá está con muy mal genio, nada le parece bien… y yo que no conozco esta ciudad, estaba buscando una peluquería.

– Está bien, nosotros llegamos derecho, nos encontramos allá.

Colgué y seguí con mi tarea desesperada de parecer yo. Aceleré, desenredé, cepillé, arranqué, corrí y volé tirando todo a mi paso. El caos del baño y de mi cuarto reflejaron mi día. Solo puse el freno cuando disfruté la sensación de la seda en mis piernas mientras estiraba las medias suavecito hacia arriba. Fue mi único placer concedido, la única pausa de lo que debió haber sido la jornada con la que sueñan las niñas. Además no fuera a ser que le ensartara una uña y terminara con pantimedias 50% lycra.

El último taxi. Milagrosamente llegué a las cinco en punto. En la notaría – ¿Podía haber sido más prosaico? – ya estaba mi real metida de pata y su familia. Enojado porque debí haber estado con tiempo de antelación.

Y luego la espera… 10 minutos, 15, media hora. El notario, al fin burócrata de la fe pública, sin mucho romanticismo decidió que no podíamos esperar más a mi familia. 45 minutos después y con un novio indignado y furioso, comenzó el acto. Cuando estábamos ya sentados frente al costeño con tirantes y pajarita, entraron mi mamá con la cara roja, mi papá con el ceño fruncido y una corte fúnebre detrás.

Suspiro y de frente. Comenzó la lectura de ese contrato que finalmente era lo que ibamos a firmar. Y casi desde el principio el remate de un día muy bizarro: La carcajada reprimida por el asunto ese de si nos declarábamos no enajenados mentales para asumir conscientemente las obligaciones estas del matrimonio, los anillos que se cayeron y casi no encontramos y el sollozo sorpresivo y muy ruidoso de mi papá.

En fin… creo que comienzo a sentirme mejor hoy, ¿qué puede significar un archivo menos en el ciberespacio y una palabra de más en este 12 de diciembre? Si estoy a 4.664 kilómetros de distancia y a 10 años del comienzo de la mayor embarrada de mi vida.fondo_vaca_lengua-en-blogblendnet.jpg