Una perra terrible

perro-malo.jpgCada fin de semana, en las mañanas, me preparo como para un paseo familiar gozoso. Tan lejos de mi patria chica y con solo dos perros como compañía, la salida a la plaza con mis pequeñas mascotas, se ha convertido en mi recreo familiar y en la excusa para convertirme en una ciudadana de hecho en este nicho urbano al sur de todo.
Pero últimamente las encantadoras excursiones por ese espacio verde medio herido en el centro de esta capital, una especie de baturrillo de costumbres que a fuerza de coexistir se han fusionado en una extraña pasta que constituye la esencia porteña, se han visto perturbadas.

Por mi condición de extranjera debería sentir simpatía en lugar de la antipatía que me despierta, solidaridad en vez de la marginalidad en la que me gustaría que estuviera y un desagrado profundísimo cada vez que aparece. Ella, como yo, tampoco hace parte de esta chispeante nacionalidad argentina.

Pese a la base de tolerancia que es menester exhibir en un lugar tan heterogéneo, mis peores destellos de malevolencia aparecen con hiriente brillo ante su presencia.

Pobre su perra! Aunque no se equivoquen, es mala con ganas. Pero realmente pobre, la siberiana no tiene la culpa, si además a su dueña le faltan dos dedos de frente.

El asunto es que es bruta, y también con muchas ganas. Es fuerte pero cierto. No hay posibilidad de describir su limitación extrema para entender lo que le rodea de otra manera.

Esa situación desgraciada, aunque irreversible, solo despertaría un poco de compasión. A lo sumo, como efectivamente ocurre, sería blanco de inocentes chistes que alimentan la camaradería perruna que se disfruta en esas mañanas, si no fuera por esa otra faceta odiosa que exhibe: la caradurez.

Los perros siempre ponen la carita de hambrientos cuando olfatean algún resquicio de comer. Pero que la dueña lleve a su perra atada, que la tira angurrienta, para “manguearle” facturitas a la primera doña que se sienta cerca a tomar mate, es ya un exceso. Y que además reaccione con falsa incomodidad:
– Ahhh, jijijiji, pobre, quiere facturas!, pero si comió ya. No, vení!, – dice halando la correa débilmente.
Y sin embargo, se queda unos segundos a ver si logra ablandar a la víctima y su perra logra el cometido.
Y ni hablar de los asados en el club de jubilados que hay al lado. Esos las hace huir a ambas –perra y dueña- de nuestro lado, no vaya a ser que queramos que comparta los restos, huesitos y panes, con nuestros queridos pichichos, a veces igual de pedigüeños pero más controlados y en todo caso, no auspiciados por ninguna humana voluntad.

¿Mala yo?, mala esa perra sin control que además ha mordido a doberman y a caniche, a macho y a hembra, a adulto y a cachorro sin discriminación.

– Pero es porque quería jugar con la pelotita, jijiji. – descaradamente la justifica cuando todavía se aprecia el tajo sangrante en el cuello del otro perro.

O por el agua, o por el hueso, o porque pasan al lado, o porque le respiran cerca. Siempre ajenos, siempre otros.

¿Estoy exagerando?!,

La otra noche Diego, el dueño de Rocco, ¿lo recuerdan? encontró un pequeño minino, bebé, tres semanas como mucho. Advirtió a los presentes que ninguno se acercara con sus perros, que iba por leche. Por supuesto y ya con tantos antecedentes, sus palabras tenían destinataria.

Pero ella, terca y caradura se acercó. Con paso lento, ladina la perra asomó el hocico a ese lugar donde además viven un sinnúmero de mansos gatos acostumbrados a perros y a personas que paran transitoriamente por ahí.

Y de pronto ¡¡uarfff!!! el pequeño gatito yacía muerto en su boca!! Sin un gruñido de advertencia, sin un ladrido preventivo… nada!!!

– Perra mala, que hiciste, soltalo – y la perra lo soltó… tarde.

Y ante el asombro y el malestar de todos, de nuevo la sinrazón:

– Es que solo quería cazarlo y como su boca es muy grande, lo mató… Pero no se lo comió…

JA!!! Sin palabras…

El pacífico Roco

goldenSiempre llega meneando su espesa barba de golden retriever, 100 metros antes que arribe su dueño, un joven de 33 años con una indescifrable aura que alimenta con su timidez.

Delgado, moreno, atractivo y reservado. Ese es Diego en el parque. Llega, se sienta, escucha, le hace mimos a los perros, cada tanto le pega un grito a Roco para que no moleste a Lola. Sigue escuchando y sonríe.

Así que cuesta pensar en que justo él fue el protagonista sin querer de un escándalo a grito herido en medio de todos. Estaba en medio de un grupo de aproximadamente diez personas, con sus respectivos perros, participando de alguna de las tantas conversaciones cruzadas con ladridos de fondo.

De pronto, María sin Daira, su perra. Eso ya era sospechoso. Allí vamos por los perros. Sin los perros, nosotros los perrunos, no tenemos justificación en la plaza.
No traía muy buena cara y no saludó a nadie.

De repente…

Vos hijo de puta !!!… te iba a llamar aparte, pero no…

y Pumm!!! Tremendo derechazo que silbó en la cara de Fernando… el dueño de Scott, otro golden.

Azorados los demás vimos como la cara de Diego bailó hacia un lado del golpe que después transformó su semblante de asombrado a furioso.

¿¿¡¡Qué hacés nena!!?? – gritó Diego.

Hizo el típico gesto de los argentinos con la mano, ese que junta los dedos de la mano hacia arriba y agita rápidamente hacia delante y atrás, como reclamando sin palabras.

María es una mujer grande. Grande de tamaño. De edad no llega a los 25 años. Grande y de poderosos brazos morenos, herencia, supongo, de ese mestizaje toba – español u otra mezcla con algún otro antecedente europeo o medio oriental que abunda en este país y del cual, la región del Gran Chaco no debe ser excepción. En estas tierras australes no hay generalidad en esto del origen…

Y otra vez…

– Vos, hijo de puta !!… fuiste y le dijiste a Marcela… me hiciste pelear con ella y con la madre… sos un pelotudo y un cajetudo…. Andate a la concha de tu madre… !!!!

Y así siguió, gritándole en la cara cuanta palabreja se le ocurrió y mandándole cachetazos que Diego, ya espabilado, interceptaba en el camino a su cara, sin dejar de mirarla como a una aparición aberrante.

Si el no lo podía creer, los demás menos. Pero se portó como un caballero, ni siquiera una mala palabra le dijo, que aquí es un comportamiento exótico. En la ciudad de los madrazos, conchazos y lorazos a toda la potencia, una actitud contenida y palabras en tono moderado aunque ofuscadas, con algún sentido y sin ofensas – de esas que ya no ofenden de tan manidas -, son definitivamente una rareza.

Y así siguió el numerito, gritos, insultos en medio del tropel de ladridos. Porque la violencia agita a los canes. Y Diego que no quería meterse en una discusión pero que no podía no tratar de defenderse.

Roco, Scott, Marino y Fiona se cansaron de ladrarle, Fernando, Vicente y Roxana se cansaron del asombro y finalmente María se cansó de gritar. Se fue. Y Diego, el más cansado de todos. Cansado, con la vena inflamada en el cuello y la cabeza caliente.

Después…
– Y que pasó? – Me presentó una amiga y ella habló mal – Y ella me dijo … – Y yo solté la lengua … Y ahora, parece que se pelearon …
El típico lleva y trae. Chismes de adolescentes. Peleas de verdulería.

En esta sociedad de pudores inexistentes en esto de tratar mal al otro, de juzgar ligeramente en velocidad y profundidad, el dueño de Roco se comportó como un bicho raro.
Pero ¡Que aire fresco es encontrar este tipo de bichos raros!. Esos que mantienen la cabeza fría en su propia calentura, que no responden con la misma moneda, que no suman al conflicto, que suman a la paz, a la suya propia y a la de los demás. Que mide consecuencias y elije la vía más constructiva, porque la intolerancia es la vía hacia la violencia. Y la cotidianeidad nos da permanentes oportunidades de exorcizarla.

Y entonces Roco regresó de su intenso y constante cortejo a Lola. Se acercó y con su batiente chivera, con su feliz inconciencia canina y amorosos lenguetazos le recordó que ya era hora de ir a cenar. Diego se levantó y con su aire tímido, un poco apaleado, emprendió la retirada.

Ahí les quedo, debió pensar.
Efectivamente, el encontrón pasó y nos dio material para hablar hasta más tarde de lo normal, de armar la película con fantasías sobre lo que habría pasado, de reírnos y criticar a “la chaqueña” y compadecer y solidarizarnos con el tranquilo y medido dueño de Roco.

Y entonces, la burbuja se desinfló.

 

La feliz Sheila

mujer-perro-y-luna.jpgCon una pizca de galgo y un poco de los demás, Sheila es una feliz perra -perra como dicen en este país. Flaca, rápida y con dientes filosos y largos, de talle mediano y color amarillo claro, con hocico y ojos negros.

La “mamá” de Sheila… ahhh, porque aquí no hay dueños, son todos padres de nenes caninos.

Ella, Marcela, es extraña. Llega al parque todas las mañanas con maquillaje trasnochado, sombras oscuras bajo sus ojos y líneas negras en los pliegues de los párpados. Un retoque que varias horas antes perdió el objetivo de embellecer, y en cambio deja en el rostro la marca del abandono.

Pero no solo es ese intento de disfrazar la realidad lo que refleja el despojo en su vida.

Siempre trae consigo una bolsa plástica y en ella, una botella de agua para Sheila y un pequeño cuenco para darle de beber a la arisca perrita. Parece que se pone lo primero que encuentra, un pantalón deportivo roto y casi siempre sucio, una camiseta grande que le llega a medio muslo, el cabello suelto y extrañamente limpio y brilloso acompañan sus uñas plateadas mal pintadas.

Morena y pequeña, su rostro podría ser bastante atractivo, pero los restos de belleza artificial le han quitado hace ya mucho tiempo su original gracia. La rodea un aire decadente de hipotéticos recorridos nocturnos.

Es tímida y nunca se relaciona con otras personas que también llevan sus perros al parque. Se sienta en un muro, y mira a la distancia el grupo bullicioso de mascotas y personas que cada sábado y cada domingo en las mañanas, se reúnen en un costado del Centenario. Sigue con la mirada a Sheila que, inquieta, a veces la obliga a socializar con alguno que otro dueño de perro.

La soledad parece su opción pero paradójicamente también es su victimaria. No acepta la compañía y le incomoda tenerla, pero su rostro alterado, aunque no pide nada, transluce necesidad.

Nadie puede parecer tan solo y no estarlo.

Sheila corretea a su alrededor ajena a las tribulaciones de su dueña y enfatiza con su alegría, la desolada presencia que medianamente sonríe y muestra un poco de brillo en sus ojos cuando la perra llega a exigir su cuota de cariño.

Inmediatamente vuelve a correr y ladra cuando otro canino con la lengua colgando de su boca pasa raudo a su lado. La triste Marcela la ve alejarse y sus ojos vuelven a opacarse y a perderse en la nada.

Ahhh la feliz Sheila…