Los niños invisibles

Bueno aquí estoy de nuevo. A ver si me encarrilo de una vez por todas…

Cada vez que entro a ver cómo va mi blog en cuestión de “rating virtual” (sí, yo también soy sensible a esas pequeñas vanidades) y leo qué es lo que más busca la gente que llega aquí, me topo con que una de las entradas más leídas es Esa tragedia que no vemos, algo que escribí en marzo de 2007 indignada porque en Colombia morían niños por hambre y desnutrición. Desde hace tiempo tenía la idea de volver sobre el asunto porque es un tema que salta cada tanto en los medios, aunque sea meramente por los reportes estadísticos que los organismos intergubernamentales actualizan cada año.

Y los niños, pese al negocio que son, siguen siendo invisibles.

Porque no me refiero a los que consumen Nickelodeon, Cartoon Network o Disney Channel, pasean en Temaiken, veranean en campamentos o estimulan su sentido musical con Mozart para niños. Me refiero a esa masa amorfa y sin cara de niños pobres, pero pobres de verdad, de esos que hablan en los informes sobre pobreza de la CEPAL y la UNICEF. De los que no comen todos los días, los que acompañan a sus padres a pedir monedas en el tren subterráneo en vez de ir a la escuela, los que mueren por enfermedades prevenibles o tienen retardo en su desarrollo motriz o mental a causa de la desnutrición. Los niños miserables, indigentes; pobres extremos, si queremos ser elegantes.

En el 2002 dos de cada cinco personas indigentes en América Latina eran niños; 41 millones entre las edades de 0 y 12 años y otros 15 millones entre los 13 y 19 años. 56 millones de esto!!:

Colombia es uno de los países que concentra el mayor porcentaje de pobres extremos o indigentes de América Latina, con el 12% del total. Solo lo superan Brasil y México.

En la Argentina, ese otro país que me trasnocha, los indigentes son el 9% del total de la población. De esa cantidad, la pobreza infantil es el 40%, en el segundo semestre de 2006, 4 de cada 10 niños eran pobres o indigentes. Entre los 0 y 13 años sumaban 4’100.000 niños que comían mal a muy mal, que en su mayoría no estudiaban y, lo peor, que estaban perdiendo su infancia preocupados por asuntos que deben ser solo de adultos.

Estadísticas que todos seguramente leemos con tristeza, aunque las crucemos con indiferencia en las calles.

¿A qué sometemos a esos pequeños cuya existencia nos garantizan el futuro como especie?. Y lo pongo así, porque ni siquiera por esa tendencia instintiva a la supervivencia que caracteriza a cualquier especie animal, ni así, los niños se han convertido en prioridad para los adultos, todos nosotros, los que nos encargamos de su presente.

En América Latina sometemos a 132 millones de niños entre 5 y 14 años a trabajar la tierra en condiciones insalubres y riesgosas. Según un informe de la FAO, el programa de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, a los niños se les obliga a trabajar por su propia supervivencia. En el artículo “Flagelo mundial: niños como peones agrícolas” de voltairenet.org se destaca que pese a que no existen cifras oficiales sobre el número exacto, se calcula de manera conservadora que representan una tercera parte de “la empleomanía total de la esfera productiva.”.

“…la penuria económica significa también falta de educación, malos servicios de salud y oportunidades limitadas”.

“Los empleos clasificados por esa agrupación internacional como los más peligrosos son la agricultura, la minería y la construcción, en ese orden de riesgo, motivo por el cual se duplican las afectaciones que sufren los pequeños, referidos fundamentalmente a accidentes, mutilaciones y padecimientos profesionales como silicosis y problemas respiratorios”.

Pero podemos ser aún más perversos. En Colombia los sometemos a la guerra. Mi país hace parte de una vergonzosa lista que permite la utilización de menores en actos de guerra, incluido el reclutamiento dentro de grupos armados. Lo acompañan en ese club Chad, Filipinas, Sri Lanka y Uganda. Y no solo son los bárbaros de las FARC y esos sanguinarios paramilitares. También el Estado, que tiene la obligación de protegerlos, es responsable.

En el artículo “El crimen invisible” publicado en la revista Semana de Colombia, se hace referencia al informe del Secretario General de la ONU del 21 de diciembre al Consejo de Seguridad en el que Colombia aparece como uno de los países que permite la impunidad frente a la violación de los derechos del niño. Y se leen cosas como esta:

“Tampoco se ha sentido ningún estremecimiento en el país por los relatos de los más pequeños de las tropas ‘Martín Llanos’ – el jefe paramilitar que nunca se desmovilizó -, según los cuales a la hora del almuerzo les servían carne humana, asada, para que perdieran cualquier escrúpulo.”

Y esta otra:

“…un niño desmovilizado de las Farc fue utilizado como informante y que luego resultó muerto en combate con la guerrilla, dos niños (8 y 11 años) a los que el Ejército obligó a transportarle materiales, y el caso Bebedó (Chocó), donde las Fuerzas Armadas proporcionaban alimentos a los niños a cambio de que se ocuparan de la limpieza y el mantenimientos de sus armas.”

No hay cifras de cuántos niños participan de la guerra. Se habla de 10.000, pero es un dato arbitrario y hay un consenso de que es una cifra conservadora. Según datos de más de 10.000 desmovilizados solo de la guerrilla, se calcula que el 42% ingresó siendo menor de edad. Según un desmovilizado de las Farc, tienen un “kinder en armas”.

Y cada vez se utilizan niños más pequeños. Hay datos concretos de menores de seis años que son reclutados para involucrarlos en actividades de guerra. Según el artículo, cuando salió el informe que lo denunció no hubo un solo titular de prensa.

¿¡Qué hacemos que además de someter a nuestra prole a semejante futuro, ni siquiera queremos verlos?!

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Mi vida ordinaria

Hace un par de días encendí el televisor en la mañana. Una de esas mañanas en las que andaba sin ganas de nada, solo volver a mi camita y disfrutar de la pereza.

Me puse a mirar sin ver realmente Mañanas Informales, ese programa que a veces es divertido, algunas veces se pone interesante y otras veces me hace querer volver a escuchar radio y así entonces volver a mis almohadas. Cuando aún no decidía si tomarme un segundo café y comenzar uno más de mis días, escuché que entrevistaban a Julio Bocca. Desde mucho antes de su despedida como bailarín, cuando ya le había puesto fecha a su retiro, escuché y leí que entre las cosas que lo animaban estaba que quería poder llevar una vida normal

… saber que voy a poder descansar, dedicarme a otras cosas que me gustan y encima poder comer y tomar lo que se me ocurra sin pensar en la ropa elastizada, …, sin nada, nada de angustia.

Esa mañana, y después de cuatro meses de esa memorable noche en el Obelisco en la que se despidió al aire libre frente a 200.000 personas, estaba expresando la dificultad que tenía para ser “normal”, mejor dicho, para llevar una vida cotidiana como la de la mayoría de los que habitamos esta ciudad y algunas otras. Según mi interpretación de sus palabras, se sentía un poco perdido cuando se levantaba, no sabía qué hacer.

Me hizo gracia. Sonreí medio adormilada, me di vuelta y abracé una de mis almohadas. Ya había decidido cerrar los ojos y quedarme un poquito más en cama, porque finalmente ¿quién me apuraba?

Cuando finalmente el ánimo me dio para el segundo café y pude finalmente conectar mi cerebro, regresé a las declaraciones de Julio Bocca mientras tostaba el pan y sacaba la mermelada y el quesocrema de la nevera. Pensé que era increible que mi vida ordinaria pudiera ser tan extraordinaria para gente como él que es un privilegiado y puede tener lo que quiera.

Y yo, ¿cuántas en un millón había como yo? Entonces me pregunté que tan normal era esta vida que llevaba y para cuánta gente puede ser realmente extraordinaria, aparte del bailarín, claro. Porque en todo caso, es uno en un millón.

Y ya no me dio tanta risa, me puse seria y como siempre compliqué mis momentos de satisfacción cotidiana.

Me acordé entonces de Fanny, esa madre de cinco hijos y desplazada por la violencia en Colombia; una de los tres millones – algunos calculan 4 millones – que viven su vida cotidiana en los cinturones de miseria de los centros urbanos, entre paredes de tablón, precarios fogones de gas y un escaso desayuno con agua de panela antes de irse a limpiar casas ajenas o a vender dulces en los buses.

Me acordé de Migue, un cartonero de quien el periodista Washington Cucurto escribió en Crítica de la Argentina, un hombre casi, en edad de aprender muchas cosas. Su vida cotidiana comienza, – o comenzaba en ese momento porque parece que la prefectura los echó junto a otras cuantas familias -, debajo de la autopista del Sur, a metros del Parque Lezama, al lado, ¡vaya paradoja!, del ex centro clandestino de detenciones.

Migue es uno más de los alrededor de seis mil cartoneros que circulan en la ciudad de Buenos Aires, el doble que tenía registrado el gobierno porteño en el 2006 y uno más que se suma a las más de 100 mil personas que viven de la basura en el conurbano bonaerense, de acuerdo a estadísticas de la provincia y de la Universidad Nacional General Sarmiento. Su jornada, a diferencia de la mía, comienza cuando cae la noche y sale a hurgar la basura de nuestra vida normal.

Y sí, hay tantas Fanny y tantos Migue que quisieran tener mi vida normal!!

Pero si todavía no estaba deprimida por ellos o feliz por mi vida ordinaria, según como se mire, me acordé también del reciente pedido de auxilio del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, que asiste a que 90 millones de personas en 78 países cubran su necesidad de alimento básico. Pedían 500 millones de dólares para evitar el racionamiento de esa ayuda alimentaria. Y la verdad que 500 millones me sonó poco para que 90 millones de seres humanos pudieran vivir, ya no dignamente, solo vivir.

Esos mismos estados que no dan suficiente para paliar el hambre, causada en parte por ellos mismos, alcanzaron un gasto record en defensa. Según el Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz de Estocolmo (SIPRI), en el 2006 el mundo gastó un billón 204 mil millones de dólares en armas. 184 dólares per cápita!

Fanny, Migue y otros 2.600 millones de personas en el mundo vivían en el 2004 con menos de dos (2) dólares diarios!!

Así que terminé el café, me comí las tostadas y decidí sentirme afortunada por esta vida ordinaria que llevo y que pareciera ser la normal en esta burbuja citadina e intelectual. Esta en la que (con eso nos ilusionamos) la mayoría vamos a cine, cenamos cada tanto por fuera, despotricamos de los políticos de turno y al final del día nos refugiamos en una cómoda habitación, cerramos la ventana y pensamos, mientras nos quitamos la caca de perro que pisamos cuando veníamos, que esta ciudad es una mierda. Después nos metemos en nuestra camita, y esperamos que al otro día no haya ningún piquete que no nos deje llegar a tiempo.

Gente extraordinaria que transitamos esstas anónimas ciudades latinoamericanas.