Nocturna

Trapecistas, tango. Baile y mucho circo. Para no perderse…

En el Centro Cultural Recoleta, de jueves a domingo a las 20, hasta el 26 de abril.

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En busca de Gardel

Gardel por SabatConocer Buenos Aires es ir a los lugares típicamente turísticos, Palermo, San Telmo, la calle Corrientes – hay que conocer el famoso tres cuatro ocho, segundo piso, ascensor – y por supuesto, Caminito en el barrio de La Boca.

Allí como en la mayoría de los lugares que buscan la atención del turista, todos venden y buscan tango. Esa música porteñísima que como la definió el mítico Gardel es sentimental o traviesa, arrabalera y pintoresca, con penas de ausencia, amores contrariados, puñaladas de guapo y llantos de niña engañada.

El alma de los barriales de antaño, el sentimiento porteño es ahora mercancía explotada y sus amantes lo ofrecen al mejor postor. Para sobrevivir y para, de alguna manera, seguir viviendo de esa pasión que les da la ilusión de vivir aún en esa ciudad vital de inmigrantes que vinieron a hacer la América.

Y allí, en una de esas pintorescas calles de Caminito se escucha uno de esos tangos que desde la infancia se conocen de memoria: “Por una cabeza todas las locuras, su boca que besa borra la tristeza, calma la amargura…”

Y ahí está Carlitos, el mito. Pero éste toca el bandoneón y no la guitarra. Canta, mientras en la calle una pareja baila embebida en sus sinuosas piernas que se entrelazan una y otra vez.

Gardel está en esa facha negra de tanguero, en esa voz pegajosa y nostálgica y en ese sombrero negro de ala ladeada, que remata el aire bohemio de esas miles de noches que entre humo y copas, seguramente animó.

Y ahí está este otro Carlos, marcado por un pasado y un presente de tango signado por la sombra de ese que “cada vez canta mejor”.

Gardel está acá, presente siempre. Hoy le diría, gracias Carlitos por ser como sos, me le tiraría encima, lo besaría y abrazaría. Dice Carlos Stagnaro debajo de ese sombrero negro ladeado que esconde un poco su cara cansada. Ahora se da un respiro, en un café frente a la alta vereda que improvisa como escenario y donde todos los días se sitúa a media calle de Caminito. Su bandoneón, junto al resto de instrumentos, reposa bajo la sombra de un árbol que protege ese atrio natural donde recoge lo que turistas y curiosos le dan como propina a su arte.

Mis planes para el futuro son muy grandes. Soy técnico electrónico, pero la música me puede más. Quiero armar una casa gardeliana, otra vez en Medellín y vendremos a hacer espectáculos por todo el mundo y darles que hacer a todos los tangueros que están sin trabajo. Lo hago en el fondo por mi hermano, porque él tiene que estar lanzado a escala mundial.

A sus sesenta y pico años sus sueños son su vida. La nostalgia y la ilusión de un futuro de fama, brillo y grandeza parecen chirriar contra el suelo de esas calles pequeñas y la decena de turistas que se agolpan para escucharlo tocar y se dispersan rápidamente para mirar algún otro artista callejero.

Carlos Stagnaro aprendió música cuando era muy pequeño, en el partido de Moreno. A los 16, trabajaba ya como segundo bandoneón de su hermano en una orquesta del pueblo. Sin embargo a los 21 y después de estudiar técnica mecánica, se casó y dejó de tocar. Durante 25 años el tango fue una añoranza mientras trataba de ganarse la vida como instalador industrial, como tablerista, como supervisor en una empresa petrolera, como tornero o vendiendo ejes, hasta terminar como técnico en las fuerzas armadas. Extrañaba el tango pero no tenía bandoneón porque era pobre, cuando pude me compré uno en una compra – venta.

Hace 12 años conoció a Norela, su actual esposa, una colombiana que le trajo noticias de su hermano, quien para ese entonces vivía en Medellín, Colombia, tratando de vivir de ese sueño que compartieron de juventud.

Norela y Medellín le hicieron el milagrito. Cuando me fui a Medellín, aprendí a querer más a Carlitos, porque gracias a Gardel se produjo el milagro de que el tango se conociera en todo el mundo. El tango es milagroso.

Paradójicamente encontró una vida y reencontró a Gardel y al bandoneón lejos de la tierra que los vio florecer a los tres. Una decisión que le significó dejar todo.

Yo pensaba regresar al año a las fuerzas armadas y estuve cinco. Perdí todo por no volver. Por la música perdí hasta el calzoncillo. Sus ojos directos y tranquilos contradicen la zozobra que se presume en sus palabras y agrega, como si no quedara claro, que no se arrepiente.

En Medellín fundó la orquesta gardeliana y abrió con su hermano una casa de tango que llamaron “Che Paulino”. Al mismo tiempo abrieron la Casa Gardeliana, en un barrio que podría ser un barrial más de Buenos Aires, en una calle que tradicionalmente cierra una vez al mes y se convierte en una tango – vía.

Pero los echó la violencia. Paulino, su hermano, se quedó en Bogotá y Carlos volvió a sus raíces. Fuimos a hacer algo por nuestra cultura nacional, el tango. Allá siguen nuestros recuerdos, las fotos, los recortes y la orquesta Gardeliana que sigue con mi hermano. Yo me volví porque tengo mi coranzoncito acá.

Ahora la nostalgia que lo trajo, es la que lo mantiene atado a Colombia. Lo atrapan de nuevo sus recuerdos pero también sus sueños. Quiere regresar y crear otra casa Gardeliana.

Gardel se mató en Medellín, pero allá vive. Allá fue donde se produjo ese milagro, el milagro del tango para que yo volviera a vivir de esto. Quiero hacer cosas por la música, por los artistas del tango.

Quiere convertir a la calle Magallanes, ahí en Caminito, en otra tango – vía como aquella del barrio Manrique en Medellín. Quiere hacer un escenario natural para todos los artistas que quieran venir. Y finalmente, lanzar a su hermano a escala mundial.

Pero la realidad lo regresa a la tierra, el bandoneón bajo el árbol y la ilusión de los turistas esperan. Se despide, cruza la calle para comenzar de nuevo, una vez más, a vivir y a vender la ilusión del mito porteño.