El fantasma de la calle Corrientes

el-grito-de-homero-munch.jpg Ahhh, la noche de Buenos Aires! Ese lugar común es uno de los pocos que no rehuyo repetir cada vez que me preguntan por lo que me gusta de esta ciudad.

Así que una noche más me dispuse a disfrutarla. Esta vez a través de una de sus más típicas postales, los musicales estilo broadway de la calle Corrientes. No estaba en mis planes, pero ante una invitación gratis cómo negarme – ¿quien resiste hacerse el VIP en la sexta fila, aunque después termine caminando cinco cuadras a la 1:00 de la mañana para tomar el colectivo a casa? -.

En fin, que me dije, no está mal alivianar los fardos mentales de este enero que apenas ha recorrido su primera mitad.

Y ahí me ví, a las 8:50 p.m. después de haber pagado la gaseosa más cara de la ciudad, haciendo fila entre señoras perfumadas con perlitas en el cuello y bolso colgado del antebrazo justo a la altura del codo; chicas y chicos muy chic que lucían jeans de marca, blusas delicadas, camisas de cocodrilito en pecho y chanclas plásticas de estar en casa, aquí llamadas ojotas (nunca he podido entender en qué reside lo chic de esa mezcla cosmopolita y doméstica tan rara) y algunos extranjeros ansiosos por vivir el Buenos Aires que les vendieron en las agencias turísticas.

La obra, el fantasma de Canterville, una comedia musical de una dupla consagrada de la calle Corrientes, Pepe Cibrián y su co – equipero desde hace 25 años, Angel Mahler. Por supuesto, basado en el cuento de Oscar Wilde.

Entramos, esperamos a que la acomodadora nos llevara a nuestros asientos (que trabajo inútil es ese de acomodar) y esperamos de nuevo. Puntualmente, a las 9 de la noche, bajaron las luces y salió Pepito – como supe que le dicen sus fans -.

Para mi sorpresa comenzó a cantar. Tal y cómo iba trajeado – vestido color mostaza, saco abierto como si hubiera caminado toda la tarde por el microcentro – y despeinado, creí que iba a improvisar algún pequeño discurso previo. Pero no, resulta que era el mismísimo y aristocrático Marqués de Canterville. Parece que Pepito hace mucho que no actuaba, así que para sus seguidores era todo un acontecimiento.

Confieso que no esperaba mucho. Los musicales no son lo mío y honestamente solo quería divertirme.

Y a lo largo de la función me divertí. Con los bufidos de entusiasmo de los gringos que, detrás mío, parecían disfrutar su propia ridiculización en el escenario. Con los caricaturescos vestuarios de la familia americana. Con las contorsiones del fantasma tratando de demostrar lo golpeado que se sentía con las palabras edulcoradas y cada tanto desafinadas de su querida Virginia. Quizás fueron resultado de las plataformas que debió soportar toda la obra para no quedar más bajito que su heroina romántica.

Aunque también me aburrí y casi dormí con las larguísimas canciones que pretendieron tocar la fibra sensible de los espectadores y que, quienes pensamos que casi tres horas son demasiado, hubiéramos agradecido no ver. Me aburrí con las coreografías disparejas de actores que no eran bailarines. Me aburrí con el incoherente guión que comenzó tratando de ser una crítica jugada al imperio y que terminó como una historia de amor rosa que no existe en el cuento original. Me aburrí con la actriz principal que pretendió encarnar una especie de Winona Ryder en Drácula de F. Ford Coppola y terminó siendo una muñequita barbie sin ángel. Me aburrí de la falta de magnetismo y carisma de un fantasma que, si no fuera porque el guión así lo dice, no se entiende como convenció a su Virginia a vivir para siempre como fantasma, o sea muerta.

Y por momentos me fastidié. Me fastidié del estridente sonido que a veces me hacía olvidar que era un musical y que no podía esperar un descanso. Y sobre todo, me fastidié de la muy libre versión del cuento de Wilde, a quien además no le dan el crédito en el programa hiper – comercializado que reparten. En esta versión, el fantasma pierde su carácter patético que añora sus mejores épocas siniestras, que encuentra en un corazón generoso el descanso para su alma, y se convierte en un remedo de galán etéreo. La historia pierde el sentido del contraste de dos mundos y los polariza entre la ridiculización de uno y la idealización del otro. Y al final, el final es otro.

Puuuuuuufffffff……. En fin, que si hacemos a un lado estas “minucias”, podría decirse que en todo caso me divertí.

La calle Corrientes no siempre está a la altura de la noche que esperamos, pero siempre queda gozar el alegre bullicio calle-corrientes-de-crisfer-en-flickr-photos-crissfer.jpg que se encuentra al salir, las librerías de segundalibrero-en-calle-corrientes tomada del blog de negra y criminal.jpg, las gigantografías con Moria Casán moria-casan.jpg y una buena pizza en Güerrín.guerrin-pizza-especial-jamon-morrones.jpg

Pasión por el teatro – II –

teatro.jpgCuando se realizó esta charla, la Argentina llevaba pocos meses de un nuevo gobierno, el del relativamente desconocido ex gobernador de Santacruz, Néstor Kirchner. Había una tibia esperanza para una sociedad golpeada por la crisis de diciembre de 2001. Trataba de recomponerse. Sin embargo, todavía existía un enorme escepticismo sobre la posibilidad de cómo arañar las paredes de ese pozo profundísimo en el que habían caído.

Paradójicamente el teatro vivió, como reacción, una catarata de nuevas manifestaciones y nuevos espacios independientes aparecieron.

Lorenzo Quinteros, un curtido en estas artes, habló también sobre el papel de las artes y el teatro en una sociedad en crisis.

Ver también Pasión por el teatro – I – .

¿Cree que el gobierno tendría que subsidiar el arte o al menos apoyarlo de otras maneras?
Creo que sí. El gobierno debe, más que subsidiar, darle un espacio importante, como a la educación…

Bueno, pero a la educación siempre le están recortando el presupuesto…
Sí, pero a pesar del conflicto, las contradicciones y las miserias que hay, nadie duda que la educación sea un gasto del estado. El arte tiene que ser un gasto del estado, como también lo es la salud pública.

Más que el arte, la cultura debe ser considerada como una de las inversiones para el futuro de un país. El arte no responde exactamente a los mismos lineamientos de la cultura. A veces el arte hasta parece anti – cultural porque es trasgresor o trabaja disminuyendo elementos culturales. Por eso a veces hay cierta confusión que habría que analizar detalladamente en la relación entre el estado y el arte, pero no hay ninguna duda que corresponde al Estado apoyar la cultura.

¿Cómo sería una relación entre la cultura y el Estado, más allá de su relación económica?
Creo que está haciendo bastante en la Argentina, porque yo no pido más que eso. El arte, a veces, cuando tiene demasiado apoyo económico se achancha, se aplana, pierde la fortaleza que le da la necesidad o el hambre.

Hay anécdotas que me han contado, los españoles por ejemplo, donde hay tanta plata para subsidiar obras de teatro, que en realidad los artistas dejan de trabajar por aquello que los mueve internamente, para decir algo a la sociedad o para contestar algo. Trabajan solamente para conseguir el subsidio. Y eso es peligroso.

No quiero decir con esto que el Estado no deba subsidiar, pero creo que debe apoyar para que el movimiento teatral exista, se expanda y que los actores no sintamos que estamos recibiendo migajas o limosnas. Pero tampoco pretendo que nos mantenga.

¿Que dificultades tiene hacer teatro independiente aquí en Argentina?
Por un lado están las económicas, porque generalmente estos teatros no dan y tienen que sostenerse de otra manera. Este teatro (El Doble) por ejemplo, se sostiene con un porcentaje pequeño que da el Instituto Nacional del Teatro y por otro, por el estudio para alumnos. El teatro es mantenido por un consorcio porque por si mismo no se mantiene.

Por otra parte, las dificultades tienen que ver con el público. El teatro independiente es apreciado y tiene prestigio, pero en realidad nunca se lo termina de considerar algo de la sociedad. Esta condenado a ser considerado de grupos pequeños. Por eso, en general, la gente no aceptaría que en un teatro independiente la entrada costara más de un tercio de lo que cuesta la entrada a un teatro comercial.

Y yo me pregunto ¿Por qué si la gente es capaz de pagar 25 o 30 pesos para ver una tontería en Calle Corrientes, aunque esté super – producida, no acepta pagar más de 8 pesos en un teatro chico?. Al contrario, los teatros chicos tienen siempre más gastos, acá los impuestos son iguales y no existen los patrocinios ni la capacidad de recuperación por el mismo valor de la entrada.

¿Es real el “boom” de producciones teatrales que hubo luego del desastre del 2001? ¿Transcendió en una mayor afluencia de público?
Sí, pero me parece que no es tan sencillo. Después de la crisis, siento que hubo un cambio en el público. Ahora tiene ganas de salir otra vez, lo que es muy saludable. Van al teatro, al cine, hay más vida cultural afuera. En contraste, antes lo único que tenían como canal de comunicación era la televisión, porque en una época se hablaba todo el tiempo de la inseguridad que había en las calles.

Pero eso es más reciente…
Sí, hace pocos años. Todo eso eclosionó con la caída de De La Rúa. La crisis viene de antes. Refiriéndome al público específicamente; pareciera que ahora esta más animado, mas optimista y eso hace bien…

Pero lo que se percibe todavía es un sentimiento de pesimismo, y no solo hablo de su actitud hacia el teatro, sino en general…
No, en el campo político hay optimismo. Hace dos o tres años, no. El gobierno de De la Rúa fue un gobierno que nos ensombreció, parecía que estábamos condenados a ser un pueblo de tontos y de inútiles y eso se transmitió. Porque creo que un presidente de la República es un símbolo, por algo esta ahí.

Me parece que eso ha cambiado, hay una expectativa, la gente ayer lleno la plaza del Congreso. La gente fue escuchada, de alguna manera. Eso es bueno y le hace bien a la sociedad. Yo creo que eso genera optimismo.

Eso es de hace tres o cuatro meses, con el nuevo gobierno…
Ah sí, sí, seguro que eso es con el nuevo gobierno…
Por otra parte, en el plano de los artistas o del quehacer teatral no es algo de ahora, viene de mucho antes. El movimiento teatral argentino es muy importante desde hace mucho tiempo y en los últimos años, – 10, 15, 20 años – se ha hecho mucho teatro. Además se ha pulido mucho su ejercicio y es admirado en otros partes del mundo.

En su trabajo en la Argentina hay un espacio vacío entre 1974 y 1984… ¿Se fue por la dictadura?
Me fui a raíz un poco de eso, no perseguido de una manera directa, pero si expulsado por el régimen y por la atmósfera que había aquí. Yo no tenia libertad. Aún así, me podía haber quedado. Pero me sentía realmente mal, no podía hacer cosas que quería hacer, tenía amigos que desaparecían. Me estaba tocando muy de cerca todo lo horroroso que estaba pasando.
Y bueno… me invitaron a un festival en Londres y aproveché y me quede por allá. En España realmente.

¿Cómo ve el futuro del teatro en Argentina?, ya sé que ve las cosas con optimismo…
Yo te hablaba de la gente, no de mí… (Risas).
Tengo la sensación de que el teatro está en un momento que es consecuencia de una historia muy buena, muy potente y fructífera, tenemos directores y autores jóvenes.

Tengo la sensación de que va a producirse algún tipo de cambio y que de la misma manera que se llego a esta culminación, también se dejó de lado aspectos del hecho teatral que en algún momento tienen que ser desarrollados.

Se ha enfriado mucho el teatro como arte, se ha hecho muy estético, bastante más formal que otra cosa y se ha exacerbado el trabajo sobre los lenguajes y no tanto sobre lo que esos lenguajes pueden darnos como elemento de comunicación.

A eso se va a volver en algún momento. Tanto el actor como el director o los autores van a dejar de lado las cosas más ligadas a lo estilístico y van a ocuparse más de la vida.

¿Y el cine actual argentino?
Lo que espero es que el cine siga haciendo lo que está haciendo. Que tenga más recursos, que se acerque más a una producción industrial y no sea tan amateur.

Que no sea solo de esfuerzos individuales…
Sí, porque eso no genera un movimiento real.

Para terminar, quiero hacerle una pregunta que se hizo la escritora sudafricana Nadine Gordimer en una auto-entrevista… ¿Qué carencia hay en su vida?
¿Qué respondió ella?

En pocas palabras, que se sentía fuera de una parte de la cultura sudafricana a la que pertenecía y sentía propia, porque con amigos negros de ese país solo hablaba en ingles y ellos entre sí hablaban en sus lenguas nativas de las cuales ella solo entendía algunas palabras.
Bueno, en lo personal, algo íntimo… Yo siempre digo que hay una carencia de ternura, quizás sea solo en mí o quizás en la sociedad en la que vivo ahora, es un valor del que se carece…
Y en el plano de mis relaciones sociales… siento carencia en la comunicación con los demás. Una comunicación que no esté filtrada por el arte teatral, por el oficio, que no pueda establecer comunicaciones de otro tipo. Si yo pudiera hacer un viaje, iría aun lugar donde nadie supiera que hago y me interesaría que todos los vínculos se desarrollaran a partir de lazos diferentes a los del oficio teatral.

Después de una hora corrida de charla, la despedida deja precisamente una carencia, porque Quinteros transmite y contagia más allá de su pasión por el teatro, una querencia absoluta por la vida y por transmitirla.

Pasión por el teatro – I –

El CuidadorEn una de mis primeras experiencias periodísticas en este país, tuve la suerte de toparme de manera bastante casual con un personaje de conversación fácil y de reflexiva pasión por su arte. La entrevista con Lorenzo Quinteros se fue como por “entre un tubo” – como decimos en Colombia- y mi fascinación por preguntar comenzó con este aperitivo sabroso que me ofreció de ese plato fuerte que es la vigorosa movida teatral en Buenos Aires. Esta es un primera parte de la hora larga que duró esa charla.lorenzo-quinteros1.JPG

Las amplias calles empredradas de uno de los barrios más tradicionales de Buenos Aires, nos guían hacia el Teatro Estudio El Doble. En Villa Crespo, las viejas casonas, al estilo de sus vecinas y más famosas de Palermo, se mezclan con largiruchos y antiestéticos edificios funcionales que albergan a una clase media empobrecida, esa que protagonizó la última y trágica crisis que la dejó seca en el 2001, aquella del famoso corralito.

Barrio de tradición tanguera, de los barriales de antaño nacidos alrededor de fábricas, en este caso de zapatos, de conventillos donde se hacinaban inmigrantes de diversas patrias chicas, gallegos, como le dicen en esta ciudad los hijos de cualquier vecino de origen español, tanos, como se refieren a los italianos, y rusos, como llaman a los judíos. Un crisol de razas, como orgullosamente llaman algunos de sus más antiguos habitantes este vecindario cruzado por la célebre Avenida Corrientes, aunque en este punto de la ciudad ya no es la calle que nunca duerme.

Una cuadra antes de llegar al teatro en este barrio que eligió el actor Lorenzo Quinteros para reciclar su pasión hace 8 años, el lugar atrapa la mirada por el color intenso de la sangre en sus paredes. Un espacio de líneas modernas pero típicamente de teatro no comercial, de entrada oscura, espacios simples, muebles funcionales. Austero, con una pequeña cafetería en donde también se venden las entradas y un estrecho pasillo que conduce al escenario. Allí precisamente y en medio de inmensas cortinas negras se lleva a cabo el cara a cara con este personaje que en teoría debería amedrentar un poco por su impresionante trayectoria no solo en teatro sino también en el cine. Sin embargo, en la práctica disuelve cualquier atisbo de tensión desde un primer instante con el sencillo saludo, una sonrisa tranquila y un apretón de manos. Un alivio para alguien neófito no solo en esto de las artes teatrales sino y especialmente, en las argentinas.

Creo interpretar en su carrera que su pasión y su corazón están más en el teatro, pero ¿Que le atrae de hacer cine?
El cine me gusta mucho porque exige al actor un tipo de trabajo diferente al del teatro, aspectos específicos del cine y de la técnica de la actuación, de la composición y también de la relación que un establece con el todo. En el teatro el actor es el eje, el teatro puede hacerse solo con actores, no hace falta ningún tipo de tecnología; en cambio en el cine es al revés, el cine es tecnología. Además el actor, si bien es importante, – es más importante de lo que se dice – se ubica no en la forma hegemónica del teatro. Me atrae mucho el cine por cosas que no tiene el teatro y que están desarrolladas con otro valor, por ejemplo, el tema de la ambientación, el hecho de hacer la película en un orden distinto al que queda o sea la discontinuidad…

¿Es eso es una ventaja…?
Es algo distinto y a mí me interesa porque es algo diferente, porque te lleva hacia otras zonas, es como si el actor en el cine fuera un detective, averiguando qué es esa película a través de los pequeños trozos. En cambio en el teatro uno se zambulle y nada en esa totalidad todo el tiempo. Esa es la diferencia, el cine es toma por toma, momento por momento, plano por plano y no siempre ese plano tiene una continuidad. El cine es mentiroso en ese sentido, tiene un procedimiento mentiroso.

Y se potencia aún más con los efectos especiales…
Claro. Pero además el resultado de una toma, lo que llega finalmente al ojo del espectador, es producto de múltiples intervenciones, no solamente la del actor. En ese sentido, esas otras intervenciones modifican mucho más a la actuación que lo que se puede hacer en el teatro. Hay experiencias en el cine donde una toma ha sido usada en dos momentos diferentes de la película y ha significado cosas diferentes; la toma es la misma y el actor en realidad no actuó dos veces.

¿Podría pensarse en la interpretación de una persona ajena, entonces?…
Si, también es el encuadre, el sonido que se le pone atrás, el momento que ocupa en la secuencia, en el relato. Hay muchos elementos que hacen que el actor no sea fundamental, aunque sí creo que es importante, más de lo que a veces se cree en el ambiente del cine y erróneamente creen muchos de sus artífices, incluso muchos directores; que el actor esta allí para ser fotografiado.

Creo que no es así, el actor compone en el cine, solo que de una manera distinta que en el teatro. Allí es una composición más interna, del pensamiento que modifica la conducta. En el cine, el actor es un sujeto elegido por la mirada de ese ojo único y lo convierte casi en un símbolo de una época, de un momento. Por eso hay actores que significan una época, Humprhey Bogart, Jean Moureau o Dick Bogart y tantos de ellos que fueron signos de un momento de la cinematografía, por lo tanto del arte universal. Cosa que pasa mucho más en el cine que en el teatro. El cine transmite más a la subjetividad colectiva, por eso es que una película tiene más éxito que otra.

¿No le interesa dirigir cine?
Si, pero es muy complicado, me agota antes de hacerlo. Es complicado porque está muy relacionado con la producción, con la tecnología. La satisfacción de dirigir la logro en el teatro, que me resulta tan bueno y tan interesante como en el cine. Solo que con el cine te haces más famoso porque se exporta, tiene más posibilidad de salir.

Y en teatro, ¿Prefiere actuar o dirigir?
Prefiero las dos cosas. En el teatro me siento bien en cualquiera de los dos roles. Si leo una obra de teatro y siento que la tengo que dirigir, la tengo que dirigir. Y a veces siento que tengo que hacer un personaje y no dirigirlo. Eso depende de cómo me conecte con la obra.

¿Cómo se relaciona con ese otro medio, la televisión?…
No soy un actor típico de la televisión, no vivo de ella. Lo último que hice fue de locutor en un programa periodístico que se llama Historia de Crímenes. Era un programa pactado a tres meses. Después se grabo un nuevo capítulo que se emitió un domingo, creo que la nueva tónica va a ser esa, seguir haciendo el programa pero no con un horario semanal fijo, sino como un especial.

¿Le gusta el mundo de la televisión?
Depende, a veces la televisión me aburre mucho, cuando hago algún programa que no me gusta lo suspendo. En el teatro generalmente no me pasa, me pasa en la televisión. Pero hay programas que me ha gustado hacerlos, algún programa de ficción que he hecho en el pasado interesante.

Sin embargo, la televisión también le agrega al oficio del actor algo más, básicamente la velocidad, la espontaneidad casi al punto de la improvisación, que es muy interesante.

Este último programa me interesó hacerlo porque me colocó en un lugar inédito para mí. Por una parte, ser locutor que nunca lo fui, y por otra porque me interesa el mundo de la criminalidad.

¿Tiene alguna temática que busque especialmente en las obras que elige?
No las elijo por el tema, las elijo porque son penetradoras en la problemática que plantean. En general no elijo obras livianas, superficiales, prefiero que tengan mucha profundidad en el planteo no importa el tema que traten. También me interesan mucho las obras que le apuestan al lenguaje, el desarrollo del lenguaje, no solo escrito, sino también oral. Que el personaje sea complejo, que no sea plano. Busco que tenga esos dos elementos, lo relacionado con el lenguaje y contenidos profundos.

Ahora estoy dirigiendo una obra de Harold Pinter – El Cuidador-, una obra fantástica porque tiene estos dos elementos. Una indagación muy precisa sobre el tema y una vigencia tremenda, a pesar de ser de los 60s.

Leí que la había montado a propósito de la situación social de indigencia que veía permanentemente en la calle. ¿Siempre busca una conexión con la actualidad?
No es que la busque. Yo creo que el teatro no tiene más remedio que el aquí y el ahora, aunque sea clásico. Aunque uno haga una obra que transcurra en la edad media, la vibración, la respiración de la obra, el aire que circula es aquí y ahora. Es imposible que uno pretenda no estar en el momento, en la contemporaneidad que reúne al actor y al espectador. Estos son siempre contemporáneos.

Me interesó siempre el lenguaje de Pinter, es un gran autor que ha innovado mucho en el teatro, son innovaciones que tienen mucha vigencia hoy en día, hay toda una dramaturgia actual que tiene en Pinter uno de sus padres.

¿Cree entonces que el artista y el arte mismo, y no solo el actor, tiene un rol dentro de la sociedad?… ¿reflejar, educar, mostrar, entretener?
Quizás todo eso al mismo tiempo. La palabra que yo usaría es revelar, el arte tiene que ser revelador. Revelar lo que esté oculto, lo que no se dice pero que está latente. Lo que tiene existencia pero está escondido, el arte lo coloca en una situación que todos lo puedan reconocer. Al arte yo lo usaría como lo usaron los griegos, uno se reconoce en un crimen, en un hecho trágico, en el amor o en el humor, porque lo manifiesta, porque lo puede poner a prueba, lo puede reconocer. Sin embargo no creo que el arte se preocupe de lo real como un espejo, el arte no es espejo, es algo que sacude la realidad, la indaga, le pregunta cosas o le pelea.

¿Cómo espera que salga el público después de ver una obra suya?
Que salga con algo que no tenía antes. Que tenga un conocimiento o una sensación cualquiera. El arte todo lo provoca a través de la percepción, no provee un conocimiento racionalista. El arte es percepción y si una obra te cambia la percepción esta funcionando correctamente y si no te la cambia, es porque no es arte. Si te modifica la percepción algo esta pasando.

Sigue en Pasión por el teatro – II –