El fantasma en ella

Su sonrisa se congeló cuando abrió la puerta y lo vio salir de la cocina en posición de acecho y sonriendo. Un frío casi helado invadió su cabeza mientras lo veía acercarse y sus ojos delataban la locura que había vuelto a apoderarse de él; una locura que brotaba cada vez que agotaba hasta la última gota de alcohol que podía encontrar. Pero el parecía alegre, feliz de verla; y mientras ella arrastraba, ya sin entusiasmo, su primer árbol de navidad hacia la sala, una sonrisa intentaba ocultar el miedo en la piel.

Sus palabras, anunciándole que había hecho un gran almuerzo para recibirla, no la calmaron.  Trató, en todo caso, de moverse con normalidad y dejar el pino, que había elegido en el gran bosque en donde los cultivan especialmente para esa época, en el rincón que había destinado para las grandes sorpresas de fin de año. El la siguió con pasos sinuosos y palabras juguetonas. Ella caminaba simulando que estaba ocupándose de cosas que no podía dilatar, mientras intentaba tranquilizar su respiración y pensar al mismo tiempo. Sabía lo que vendría.

En todo caso la sorprendió su grito: ¡Un pino real para navidad!, ¡como los gringos!, penetración cultural, ¡inadmisible!.

Así comenzó todo de nuevo: Esa inconexa discusión con un enemigo que nadie más que él conocía y que veía en ella cuando lo desdoblaba el licor. Y entonces llegó la lucha, que fue física; esa necesidad de doblegar al enemigo que con cada minuto transcurrido lo ofendía más y le imprimía fuerzas adicionales a su ánimo combativo.

Detestaba a ese fantasma que ahora tomaba forma y podía tocar. Y en ese momento de turbia conciencia pretendió eliminarlo, atraparlo contra la cama, asfixiar su palabra indeseada y apretarle el cuello hasta que dejara de acusarlo con su mirada. Pero un resbalón de último momento hizo que ese diablo volara libre. ¡Maldito!

De nuevo la ardua tarea de atraparlo. Lo logró en el sofá, pero esta vez se aseguraría de controlarlo bien. Dobló su brazo y con su rodilla lo mantuvo inmóvil. Con la mueca del desprecio celebró que su enemigo aceptara su derrota y que algo parecido a la humillación rodara por ese rostro ajeno pero conocido. Ya no se movía.

Pero el momento sublime cedió a una ordinaria necesidad fisiológica. Fue al baño y prometió volver.

¿Volvió? Quizás. Ni ella ni el fantasma que la habitaba se quedaron para saberlo. Solo les llegó la versión que los buscó desesperado por las callejones vecinos y los pasillos del edificio, hasta que agotado cayó en medio del remolino de su conciencia embotada.

Su marido regresó al otro día y nunca recordó nada.

 

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Momentos

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@Robert Mapplethorpe

Han transcurridos varios meses de zozobra, vacíos, emociones inéditas, resurgimiento de viejos fantasmas y apertura de heridas no sanadas. Errores, carencias y excesos. Mi esencia menos amable ha aparecido de nuevo, esa que, desde hace un tiempo transita un camino invisible de curación pero que de vez en cuando se sorprende con un bache tras la repentina neblina de un dolor intenso.

Y he regresado a los brazos del miedo y de la opaca humareda que se disfraza de esa nada que detiene el agotador aliento de la vida. Los he recibido casi agradecida de volver a contar con su presencia, porque me reencuentran con ese ser tan íntimo y cómodo que encontró por años su refugio en mi espíritu, ese que se escondió en la culpa de los otros para evitar el cansancio del amor y su némesis, el dolor.

Esa familiar presencia me ha saludado descaradamente como a una vieja amiga. Pero descubrí que ese ser es cada día más pequeño, y aunque sigue luchando ya no está tan cómodo y sufre de un desespero existencial.

Seres hermosos, conocidos, desconocidos, no tan desconocidos y amigos, me han mostrado su generosidad, han hecho poco caso a mi dramatismo, me han abrazado sin importarles mis lágrimas, me han escuchado sin cansancio, me han leído con amabilísima empatía, han comprendido mi trance aunque no entiendan su origen y han perdonado sin decirlo ese rabioso dolor que no he logrado poner en palabras justas.

La crisis es oportunidad, dicen. No la deseo y no quisiera estarla transitando, pero aquí ésta y es la tierra fértil, no de esas exquisitas flores enfermizas que dedicó Baudelaire, sino de esas otras más sencillas que alguna canción popular dice que crecen más hermosas en el barro. Siéntanse aludidos. Gracias.

Fe

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Blessed Ludovica Albertoni by the Italian Baroque artist Gian Lorenzo Bernini.

Creo ciegamente en que esa felicidad que no he experimentado, me espera.
Creo en el amor que anda perdido y no me ha encontrado.
Espero la generosidad que no he recibido.
¿Es eso fe?
El cielo me espera.

La vida y esa otra

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Atala en la tumba – 1808 -, de Girodet de Roussy-Trioson, Museo del Louvre, Paris.

Mi padre enfrenta la muerte sin querer y sin percibir su llegada.

El gran neurólogo prepara la suya, anunciada e inminente.

Alguien más nos recuerda la dulce despedida del escritor antes de ir a su encuentro voluntariamente.

Y yo pienso en la mía. ¿Cuál será mi caso?

No me angustia. Por primera vez experimento ese momento en el que no soy frágil ante ella.

Creo que es la madurez de un romance que tendrá buen fin.

Me entregaré a ella inevitablemente.

El dolor

papá con floresEse hombre, en otros tiempos autoritario y distante, es este viejo que sintió mi dolor y cuyas lágrimas se unieron a las mías.
Mientras mi dedo sangraba, sus lágrimas brotaban. Lloramos juntos allí sentados, indiferentes a los curiosos.
Ese dolor que pensé solo mío fue también suyo. Siempre lo fue.  
Ese hombre que es otro, pero sigue siendo mi padre, me dio su mano como siempre, me la apretó como nunca.
Fue mi confort como nunca y volvió a ser mi seguridad como siempre.
 
Pero ahora nuestro tiempo está terminando.
 
 
 

Un traspiés en la vida

colision-galaxias– Sonó como un coco. Me asusté en serio – me dijo. Sonreí ante la todavía asombrada cara de mi profesora de natación, dos días después de mi traspiés.

Un traspiés que sonó efectivamente como un coco, cuando mi cabeza se estrelló contra el muro de cemento. Ni un rasguño en otra parte del cuerpo, todo el peso sobre mi sien. El momento fue extraño, la lluvia ligera pero molesta, los ojos irritados por el cloro, la rampa, la rejilla mal puesta que no  vi, un tropezón, de pronto un sonido cercano y contundente, el ¡ay dios mío! distante de Patricia, mi profesora, y yo sentada en el suelo absolutamente aturdida, aunque sin dolor.

Pero mi cerebro continuó funcionando y por mi mente comenzaron a pasar las certezas de esta vida que podía acabar con un traspiés. Lo no hecho, lo pendiente y de pronto el miedo de que efectivamente me pudiera llegar un final prematuro. Mientras los que escucharon el coco contra el cemento (nadie me vio caer) me rodeaban y pedían con voz urgida y angustiosa por la enfermera de la piscina, yo solo atiné a preguntar: –  sonó duro, ¿no? con una media sonrisa al piso. No me atrevía a mirar a nadie por temor a que explicitara en su mirada lo que no me atrevía a pensar abiertamente. Mi mano palpaba la evidente hinchazón mientras el dolor llegaba de a poco.

Las manos en mis hombros y las piernas como apoyo  en mi espalda de una persona que recién había conocido hacía una hora, fueron el calor que me tranquilizó. Sí, en esos instantes cuando los gritos son sordos y mudos la persona más inesperada se convierte en tu cómplice más íntimo, en la fortaleza que quisiste para tu vida entera.  Tanto buscar y en la inminencia de ese momento final esa persona resulta ser una desconocida.

Pero el momento pasó de largo. Quizás esté cercano o, por un designio que ahora me parece extraordinario, todavía demore un tiempo. Y este tiempo que comienza de nuevo se ofrece impostergable. No más futuro, quiero presente.