Una sociedad enferma

19 sep

Deb:

Nada nuevo bajo el sol…

Originalmente publicado en :

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Y sí, es la estadounidense.

Una sociedad que hace culto al porte civil de armas no puede sino estar enferma. Las causas pueden ser múltiples y complejas, pero que deliran, deliran.

Cuando ocurrió la masacre de Virginia Tech el 16 de abril de 2007, la peor en la historia de los Estados Unidos, me escandalicé con las declaraciones del dueño de la armería que le había vendido las armas a Cho Seung-hui, el estudiante que se cargó a otros 33 antes de suicidarse. Dijo algo así como que la gran cantidad de víctimas se debía a que ninguno de ellos había tenido un arma para defenderse.

Pero las palabras del armero no es una opinión particular, parece que es un principio cotidiano para millones de estadounidenses.

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El fotógrafo estadounidense Kyle Cassidy, se dedicó, durante dos años, a recorrer el país, retratando a los dueños de armas y preguntándoles por…

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19 sep

¿Se puede querer sin saber que se quiere?

Siempre luz.

Presencia eterna.

 

 

Seamos felices

15 jun

20140603_184647Leo que en Colombia se pasó el día del padre para el próximo domingo.

En varios países ya lo celebran.

Para mi, hoy, mañana o el domingo que sigue, no importa.

Ahora, este minuto y los siguientes son ganancia en esta vida que de pronto se nos revela tan corta.

¿Para que enviar felicidad a quien simplemente debemos hacer feliz?

Y esa sonrisa que nos llega como recompensa será nuestro gozo íntimo.

Seamos felices.

 

 

 

 

¿Y el otro?

15 jun
Alegoría de la Violencia - Débora Arango - 2005

Alegoría de la Violencia Débora Arango 2005

En estas calles calmadas, en estas fachadas pacíficas
se cuece a fuego lento la tierra que cubrirá tumbas desconocidas, sangre inocente.
No saben que su paz reposa en la zozobra de otros.
No quieren ver la tristeza en la mirada desconocida.
Se niegan a rodearse de la diferencia.
No aceptan, no derraman lágrimas generosas.
Sus nichos están a salvo.
¿Lo están?

El dolor de ya no ser

18 ene
Así como cuando ves repetir con impotencia tu ilusión en corazón ajeno;
así como ves caer los pedazos de tu alma en fuegos ya no tan fatuos;
así como en cambio sí llega la crueldad de palabras no dichas,
así es el dolor de ya no ser.
 

El dolor

7 ene
papá con floresEse hombre, en otros tiempos autoritario y distante, es este viejo que sintió mi dolor y cuyas lágrimas se unieron a las mías.
Mientras mi dedo sangraba, sus lágrimas brotaban. Lloramos juntos allí sentados, indiferentes a los curiosos.
Ese dolor que pensé solo mío fue también suyo. Siempre lo fue.  
Ese hombre que es otro, pero sigue siendo mi padre, me dio su mano como siempre, me la apretó como nunca.
Fue mi confort como nunca y volvió a ser mi seguridad como siempre.
 
Pero ahora nuestro tiempo está terminando.
 
 
 

Un traspiés en la vida

5 dic

colision-galaxias- Sonó como un coco. Me asusté en serio – me dijo. Sonreí ante la todavía asombrada cara de mi profesora de natación, dos días después de mi traspiés.

Un traspiés que sonó efectivamente como un coco, cuando mi cabeza se estrelló contra el muro de cemento. Ni un rasguño en otra parte del cuerpo, todo el peso sobre mi sien. El momento fue extraño, la lluvia ligera pero molesta, los ojos irritados por el cloro, la rampa, la rejilla mal puesta que no  vi, un tropezón, de pronto un sonido cercano y contundente, el ¡ay dios mío! distante de Patricia, mi profesora, y yo sentada en el suelo absolutamente aturdida, aunque sin dolor.

Pero mi cerebro continuó funcionando y por mi mente comenzaron a pasar las certezas de esta vida que podía acabar con un traspiés. Lo no hecho, lo pendiente y de pronto el miedo de que efectivamente me pudiera llegar un final prematuro. Mientras los que escucharon el coco contra el cemento (nadie me vio caer) me rodeaban y pedían con voz urgida y angustiosa por la enfermera de la piscina, yo solo atiné a preguntar: –  sonó duro, ¿no? con una media sonrisa al piso. No me atrevía a mirar a nadie por temor a que explicitara en su mirada lo que no me atrevía a pensar abiertamente. Mi mano palpaba la evidente hinchazón mientras el dolor llegaba de a poco.

Las manos en mis hombros y las piernas como apoyo  en mi espalda de una persona que recién había conocido hacía una hora, fueron el calor que me tranquilizó. Sí, en esos instantes cuando los gritos son sordos y mudos la persona más inesperada se convierte en tu cómplice más íntimo, en la fortaleza que quisiste para tu vida entera.  Tanto buscar y en la inminencia de ese momento final esa persona resulta ser una desconocida.

Pero el momento pasó de largo. Quizás esté cercano o, por un designio que ahora me parece extraordinario, todavía demore un tiempo. Y este tiempo que comienza de nuevo se ofrece impostergable. No más futuro, quiero presente.

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