El dolor de ya no ser

18 ene
Así como cuando ves repetir con impotencia tu ilusión en corazón ajeno;
así como ves caer los pedazos de tu alma en fuegos ya no tan fatuos;
así como en cambio sí llega la crueldad de palabras no dichas,
así es el dolor de ya no ser.
 

El dolor

7 ene
papá con floresEse hombre, en otros tiempos autoritario y distante, es este viejo que sintió mi dolor y cuyas lágrimas se unieron a las mías.
Mientras mi dedo sangraba, sus lágrimas brotaban. Lloramos juntos allí sentados, indiferentes a los curiosos.
Ese dolor que pensé solo mío fue también suyo. Siempre lo fue.  
Ese hombre que es otro, pero sigue siendo mi padre, me dio su mano como siempre, me la apretó como nunca.
Fue mi confort como nunca y volvió a ser mi seguridad como siempre.
 
Pero ahora nuestro tiempo está terminando.
 
 
 

Un traspiés en la vida

5 dic

colision-galaxias- Sonó como un coco. Me asusté en serio – me dijo. Sonreí ante la todavía asombrada cara de mi profesora de natación, dos días después de mi traspiés.

Un traspiés que sonó efectivamente como un coco, cuando mi cabeza se estrelló contra el muro de cemento. Ni un rasguño en otra parte del cuerpo, todo el peso sobre mi sien. El momento fue extraño, la lluvia ligera pero molesta, los ojos irritados por el cloro, la rampa, la rejilla mal puesta que no  vi, un tropezón, de pronto un sonido cercano y contundente, el ¡ay dios mío! distante de Patricia, mi profesora, y yo sentada en el suelo absolutamente aturdida, aunque sin dolor.

Pero mi cerebro continuó funcionando y por mi mente comenzaron a pasar las certezas de esta vida que podía acabar con un traspiés. Lo no hecho, lo pendiente y de pronto el miedo de que efectivamente me pudiera llegar un final prematuro. Mientras los que escucharon el coco contra el cemento (nadie me vio caer) me rodeaban y pedían con voz urgida y angustiosa por la enfermera de la piscina, yo solo atiné a preguntar: –  sonó duro, ¿no? con una media sonrisa al piso. No me atrevía a mirar a nadie por temor a que explicitara en su mirada lo que no me atrevía a pensar abiertamente. Mi mano palpaba la evidente hinchazón mientras el dolor llegaba de a poco.

Las manos en mis hombros y las piernas como apoyo  en mi espalda de una persona que recién había conocido hacía una hora, fueron el calor que me tranquilizó. Sí, en esos instantes cuando los gritos son sordos y mudos la persona más inesperada se convierte en tu cómplice más íntimo, en la fortaleza que quisiste para tu vida entera.  Tanto buscar y en la inminencia de ese momento final esa persona resulta ser una desconocida.

Pero el momento pasó de largo. Quizás esté cercano o, por un designio que ahora me parece extraordinario, todavía demore un tiempo. Y este tiempo que comienza de nuevo se ofrece impostergable. No más futuro, quiero presente.

Re visita

16 nov

colisiónSalí de casa con mi antiguo ejemplar Cantiga de José Manuel Arango en la mano. Los 25 minutos que demoré hasta llegar al Planetario me fueron suficientes para repasar, después de un par de décadas, los poemas de quien sería exaltado durante un par de horas en medio de estrellas y planetas virtuales. No recordaba sus palabras; tuve una sensación sombría, cruda, casi triste y me replanteé entrar a ese domo que tampoco visitaba hace más de veinte años. Pero logré llegar entre cansados trabajadores y estudiantes excitados por el fin de semana que, a esa hora, atropellan en el metro.

Todo se calmó en ese espacio reverencial que nos enfrenta con nuestra insignificancia universal, incluso el cansancio de los otros y la fiesta de los más jóvenes. El domo del Planetario es infinito, es un cielo redondo que parece comenzar donde se cree que termina y donde los pensamientos y las palabras parecen todo. “Hazla ver la estrellas” le aconsejó una madre a un hijo ansioso en su primera cita. La llevó al planetario y la penumbra interminable fue felicidad.

Dos pequeñas mesas que se iluminaron en medio de estrellas y planetas traen de nuevo al poeta y entonces me reencuentro con esa niña de 20 años, pero no con esta mujer que soy. Y me sorprende sentir que la Medellín que evocan a través de él ya no está; se le rinde homenaje al personaje de entonces con algunas voces de antaño pero sobre todo con el oído de quien escucha el pasado.

Y aquí estoy, intentando recuperar un poco de esa ciudad que conocí en ésta nueva que, para sorpresa que no debiera ser, ya no conozco. O quizás solo era la efímera ilusión de la que quise que fuera. Quizás nunca existió ese lugar. Por más que me esmero no veo en estas caras la vieja familiaridad de los conocidos, no huelo en este ambiente el aroma de lo afín, la cómoda sensación de estar en el lugar que me debería ser natural. No me encuentro con esos desconocidos de muchas tardes. Veo miradas ajenas sin la amable sonrisa a esta extraña de siempre.

Hace 40 años, dicen los presentadores, el poeta de esos comienzos interrumpidos publicó sus primeros poemas en ‘En este lugar de la noche’. Después de varias lecturas, remembranzas y una solemnidad que parece que rodeara a la poesía – ¿o al homenaje a los muertos? ¿es solemne la poesía? – encuentro lo justo en esas palabras re-visitadas:

no hay huellas: todo
pudo no haber sido
el mar repite su sílaba redonda

y solo queda la piedra
que soportó las migraciones de las aves
los giros del viento

desnuda
en la roja mañana
a la que el jaguar despierta

Un milagro para Diógenes

8 oct

Un cura sin parroquia, un padre a pulmón

(Texto original del artículo publicado en el periódico mensual Universo Centro)

Diógenes es sacerdote y tiene un hijo. Un milagro los ensambló como la única familia que han conocido. Al menos, así lo cree este cura sin parroquia que no tiene otra explicación para sus vidas, la de él y la de Joseph, dos sobrevivientes de una sociedad intolerante que condena a inocentes.

“A veces sueño. Sueño muchas veces con tomates. Entonces pienso que llevaban tomates en un camión de Urrao y que me monté en uno que iba para el mercado de Abastos y resulté allá”. Y allá es la calle del Cartucho en Bogotá, esa zona de miseria que durante 40 años fue tierra arrasada a solo dos cuadras de la Casa de Nariño, donde niños y adolescentes difícilmente superaban la existencia a punta de aspirar pegante ‘bóxer’ y cocinol, fue el escenario de los primeros recuerdos que el padre Diógenes tiene de su niñez

“Yo no tengo recuerdos de mi niñez, de esos tres años y medio lo que te puedo decir es que era adicto al ‘bóxer’. No me acuerdo si marihuana o esas cosas, no me acuerdo de nada de eso. Sé que tomaba bóxer y cocinol. Aspirábamos eso y eso lo trababa a uno, así aguantábamos el hambre y el frío”.

El ‘paisita’, como le decían cuando llegó a Bogotá, debió tener escasos cuatro años cuando emprendió su viaje a ese inframundo en el imaginado camión de tomates desde el puerto de Bolombolo en el suroeste antioqueño. Allí lo había dejado una señora a la que le habían pagado para que lo cuidara desde que nació en el municipio vecino de Ciudad Bolívar. “Con el tiempo le dejaron de pagar. La señora era de edad, de demasiada edad. Y ella me llevó llena de achaques y de enfermedades y me dejó ahí, junto al puente. No sé cuántos años tendría yo. De eso me enteré después.”

Lo que sí recuerda el sacerdote son los dos balazos que se ganó cuando tenía 6 o 7 años y trataba de palear el frío bogotano debajo del puente de la 26. Ahí lo alcanzó otra realidad nacional, un movimiento de limpieza social autodenominado ‘muerte a indigentes’ que por la época, 1978, lo hizo blanco de su política de exterminio. “Esa época difícil cuando mataban a los indigentes porque estaban proliferando”, explica con un tono diáfano como si no estuviera hablando de su propia sentencia de muerte de la que le salvó el Dios que aún no había encontrado.

La misma locura de muerte que le arrebató la familia a Joseph en el Urabá antioqueño en el 2005 y lo empujó literalmente a los brazos del padre Diógenes. Porque fueron tres meses en los que el sacerdote tuvo a un Joseph enfermo y débil entre sus brazos y aferrado a su pecho y a la vida. ‘Cangurearlo’ dice, era la única posibilidad para que ese bebé, de menos de dos meses con hipotermia, sobreviviera;  no podían dejarlo en una incubadora que otros con más esperanza de vida necesitaban. Eso le explicaron en el Hospital San Vicente de Paul cuando fue convocado de emergencia una noche para que lo bautizara y el bebé no muriera como NN. Joseph era huérfano de una masacre y además sufría de Leucemia Linfoide Aguda Congénita.

En el 2005 hubo una matanza en Urabá donde los  paramilitares asesinaron a 39 miembros de una familia. Solo un bebé sobrevivió, explica. El padre prefiere no entrar en detalles sobre su hallazgo “porque es parte de la historia de mi hijo y es parte de las circunstancias que debo callar por su seguridad”. Lo que sí detalla es que el Ejército encontró al niño y lo trajo al San Vicente de Paul cuando todavía no había cumplido dos meses, le faltaban seis o siete días.

“Llegué alrededor de las nueve de la noche en una moto desde Guarne. Cuando fui a bautizarlo, estaban también unos señores de Bienestar Familiar y me dijeron: Padre, el niño ya se va a morir, no queremos que quede como NN, póngale un nombre y póngale unos apellidos. Le puse Joseph, que significa ‘Dios proveerá’; yo siempre he admirado a San José.” El padre Diógenes se permite entonces, en medio del crudo relato, una humorada religiosa, “San José es el santo más noble y justo, es el único que ha levantado a los hijos de los demás y no chista para nada”, y ríe con ganas.

Sigue explicando la razón del nombre y con entusiasmo casi infantil explica que además del motivo religioso también le gustaba por Joseph Blatter, el presidente de la FIFA. Y aún en la urgencia, sucumbió a esa costumbre tan colombiana de rendir homenaje a los ídolos: “Me fascinaba Michael Joseph Jackson, me encantaba Karol Józef Wojtyła, y de casualidad el papa era Joseph Ratzinger”.

Así que lo bautizó Joseph, le puso sus propios apellidos y sin intención lo convirtió legalmente en su hijo. Cuando regresó al día siguiente Joseph había sobrevivido, seguía en estado crítico y lo iban a sacar de la incubadora de cualquier manera. Sin guardar mucho las formas decidió entonces darle una oportunidad de vida y se lo llevó a la Fundación que dirigía en ese momento, dedicada a darle un hogar de paso a niños con leucemia. “Me lo dejaron llevar porque se iba a morir. Lo tuve tres meses en el pecho. Además hubo una persona muy especial que tuvo un bebé al que nunca le gustó la leche materna y toda la disfrutó Joseph.”

Sin querer, el sacerdote repetía su propia historia. Casi treinta años atrás, otro sacerdote, el jesuita Bernardo Díez le dio al ‘paisita’ de la calle del Cartucho la posibilidad de dejar ese mundo de hambre y miseria y se convirtió en la única figura paterna que Diógenes conoció. El ‘paisita’ que ya debía tener siete u ocho años y llevaba más de tres en la calle, fue recogido por la policía en una de las típicas ‘batidas’. Lo llevaron a una estación de policía, “no recuerdo bien si era la cuarta o la quinta, una que quedaba al pie de Monserrate, nos pusieron debajo de esos chorros de agua, nos bañaron con jabón Rey y nos motilaron. Yo estaba muerto de frío tomándome un chocolate caliente cuando él apareció.”

El ‘paisita’ no sabía su nombre, no tenía idea cómo había llegado a Bogotá y de dónde era, pero tenía claro que no quería seguir viviendo en la calle. “Nos dijo que si queríamos tener una casa, que si queríamos tener alguna comodidad. Y yo pienso que cuando no naces para estar en la calle, no estás en la calle. ¿Si me entiendes?, y yo no quería estar en la calle, me fui con él.”

El padre Díez no solo le dio techo y comida en un orfanato manejado por monjas, también le devolvió su identidad.

Aunque Diógenes no recuerda con alegría a las religiosas, “porque son las personas más horribles del mundo. Son las comunidades que más dinero tienen y las que más te humillan. Y allá era una humillación tras humillación, tras humillación, tras humillación…”, sí comenzó a decirle papá a Díez, el hombre que, como él haría años después con Joseph, le dio un nombre y una historia. Y por él, dice, soportó el maltrato: “yo no quería volver a la calle”.

A través de sus huellas digitales, el jesuita averiguó los registros de ese niño que una vez apareció en Bolombolo abandonado al lado del puente. Así supo que fue hijo ilegítimo de dos personas que provenían de familias muy ricas. “Mi mamá era una persona casada que se encontró con un hombre casado y de esa relación en el 71 ella quedó en embarazo; ese fue el problema más horrible en Envigado.” Cuando pudo reconstruir su historia y su condición de sacerdote le abrió las puertas para poder revisar archivos y hablar con gente clave, supo que a su mamá la habían mandado a un pueblo que se llama Ciudad Bolívar. “Allí nací y le pagaban a una señora para que me tuviera, porque mi mamá ‘nunca estuvo en embarazo’, se le podía dañar el matrimonio; aunque después se le dañó igual”, relata con una sonrisa un tanto amarga.

Su nombre y sus apellidos, dice, son los que estaban en el registro que encontraron en Ciudad Bolívar y que insólitamente eran los de sus padres verdaderos. El padre Diógenes no se lo explica, pero tampoco demuestra gran curiosidad por develar ese misterio, como si su historia quedara saldada con el consuelo que le dejó, años después, saber que su madre lamentó siempre su pérdida porque había sido obligada a abandonarlo.

Con el apoyo y el aval del Padre Díez, el jovencito Diógenes estudió. Vivió también una difícil adolescencia en el barrio Las Cruces, pero como quería estudiar, aguantó y terminó el bachillerato. Quiso ser médico, se ganó una beca para estudiar ingeniería industrial, pero su situación precaria lo llevó de manera práctica a decidirse por el Seminario. Su único capital era el apoyo de ‘su papá’, el sacerdote Bernardo Díez, y aunque en ese momento no sentía vocación sacerdotal fue la única respuesta que encontró a la pregunta “¿Cuál es el lugar en donde te dan estudio, te ayudan y te dan comida?”.

Pero aunque la calle había quedado atrás, sus secuelas lo siguieron. Secuelas sociales como el estigma de su procedencia; secuelas físicas como la Leucemia Linfoide crónica que le descubrieron cuando ya ejercía como sacerdote; y secuelas en su carácter, pues su falta de sumisión hizo que lo expulsaran de cuatro seminarios y que su ordenación haya sido casi un milagro.

“Papá me avalaba para ingresar en los seminarios, pero cometía un error y era que siempre contaba mi historia, mi procedencia”, explica. Así que al aspirante a sacerdote que solo quería estudiar filosofía lo ponían siempre a hacer los peores trabajos. “Como eres de la calle, tienes que trabajar más duro. Hay que domar el espíritu”, le replicaban cuando se quejaba. Y entonces mandaba a sus superiores a domar a sus respectivas madres. El padre Diógenes se sonríe cuando lo recuerda, como quien rememora una acción épica.

En el último claustro que estuvo además llegó a golpear a su Director, en la actualidad un reconocido arzobispo de quien prefiere mantener en reserva el nombre, no tanto para protegerlo como para no seguir sufriendo la marginación a la que lo condenó tras haberle puesto los dos ojos morados.

“Recuerdo que papá me llevó a uno, me presentó al rector, le dijo lo mismo que decía siempre. El rector me acogió con mucho cariño, fue una persona espectacular durante dos o tres meses, me daba ropa. Y algún día se me metió al cuarto y quiso abusar de mí. En el forcejeo y en la pelea, pues obvio yo ya estaba grandecito, le puse los ojos negros, le saqué una tabla a la cama y le di una ‘maderiada’. Al otro día hubo consejo en el Seminario y a mí me expulsaron porque el rector era una persona idónea y yo era un muchacho que venía de la calle con muchos problemas y mentiroso.”

El padre Díez nunca le creyó pero tampoco lo juzgó y siguió respaldándolo aunque las puertas del sacerdocio parecían cerrársele cada vez más, al menos en Colombia. En medio de su periplo, el joven Diógenes había visto literalmente la luz de su vocación y había decidido que sí quería ser sacerdote. “Hubo un momento, cuando todavía estaba estudiando filosofía, eso lo llamamos el toque de Dios. Alguna vez, con los ojos abiertos, a las 8 de la noche de un martes, en un lugar en dónde estaba escampando cuando iba para un seminario, una mujer muy hermosa me habló, me dijo que siguiera adelante que ella quería verme como su sacerdote. Al principio no entendí quién era, fue difícil para mí entenderlo. Pero siempre fui devoto de María auxiliadora y sé que fue ella la que me habló. Me dijo que iba a tener muchos tropiezos. Fue extraño. Era una mujer que no se mojaba en medio de ese aguacero. Una luz muy hermosa, divina. Y me dijo ‘sigue adelante no te desesperes’.”

Así que, sintiéndose renovado, la siguió peleando. Vagó entonces por algunos países vecinos en busca de seminarios que lo aceptaran y así se topó con un sacerdote puertorriqueño, Héctor Alejandro Rey González, que aceptó ordenarlo. Finalmente lo logró en 1994. Por primera vez consiguió un empleo como cura y fue enviado a Venezuela.

Pero “algo tenía que tener después de tantos años de aguantar hambre y tantas cosas”, dice sin asomo de autocompasión. En el país vecino recogería la herencia que le había dejado el ‘paisita’ y comenzaría a transitar el camino que lo uniría a Joseph; le diagnosticaron Leucemia linfoide crónica.

Y como quien relata una vida ajena, el padre cuenta que con una dispensa pero sin dinero “porque la diócesis a la que pertenecía era muy humilde”, viajó a Medellín para “ver que podía hacer”.  Después de los años pasados y sin el “amigo obispo” en la ciudad, tal y como llama al rector que alguna vez quiso abusar de él, logró que un cura amigo le ayudara y pudiera acceder a seguridad social y a las quimioterapias que necesitaba a través de la ‘incardinación’, una figura del derecho canónico que permite que un sacerdote ordenado en una Iglesia pase a servir a otra.

Finalmente en 1999 el tratamiento dio sus frutos, la leucemia desapareció y pudo volver al ejercicio pleno. Lo destinaron entonces al municipio de Peque, en el noroccidente antioqueño, como párroco y misionero. Pero su destino ya había sido marcado en Venezuela. Volvió a Medellín y logró que en el cercano municipio de Guarne le adjudicara en comodato una casa para un hogar de paso para niños de bajos recursos con leucemia que tuvieran que viajar para su tratamiento y no tuvieran donde quedarse. Hizo su capilla ahí y se dedicó a la obra. “Les dábamos comida, dormida y ropa. Casi me volví abogado porque nos la pasábamos poniendo tutelas”.

“Hasta que llegó el 2005” evoca. “Llegó el regalo de mi vida. Mucha gente dice que fue la piedra en el zapato, pero fue el regalo de mi vida”, sonríe pleno al regresar a la historia de Joseph, su hijo, quien ahora tiene 8 años, está en tercero y disfruta tanto como su padre de disfrazarse de Superman, Batman y el enmascarado de plata. “Quizás porque como yo nunca tuve la oportunidad me paso disfrazándolo, yo también lo hago”, dice mientras exhibe sonriendo cientos de fotos compartidas que guarda en riguroso orden cronológico.

Después que adoptó a Joseph, mantuvo el hogar en Guarne cinco años más. Pero comenzaron a aparecer denuncias ante Bienestar Familiar e incluso acusaciones judiciales que lo señalaban como un falso sacerdote. El tiro de gracia fueron las amenazas que comenzaron a llegar para que desocupara la casa, a pesar de que la concesión en comodato había sido renovada. “Yo no temía por mí, pero cuando vos tenés un hijo las cosas cambian. Ya me daba miedo que me pasara algo y el niño…”

Así que entregó la casa en Guarne, y con ella la posibilidad de ejercer el sacerdocio dentro de la institución. La Arquidiócesis de Medellín no volvió a asignarlo a ninguna parroquia. Y explica que esto lo convirtió, de acuerdo al derecho canónico, en un “sacerdote válido pero no lícito”. O sea, que aunque no lo despojaron de su investidura, en los hechos no tiene su aval para desempeñarse como cura.

El padre Diógenes vive ahora de consultas informales, asesorías de familia, oraciones de sanación, misas y ceremonias religiosas que tienen que ser registradas por sacerdotes amigos porque a él no se le permite. No cobra por ello y sus ingresos dependen de la buena voluntad de quienes reciben sus servicios. Sabe que no puede cobrar porque para eso sí necesitaría el permiso de la Arquidiócesis, “pero como no me acogen, ¿a quién le pido permiso? Yo le pido permiso a Dios. Lucho por mi niño. Nunca me volvieron a llamar para celebrar misa en las parroquias, no me dejan. Pero yo soy sacerdote de aquí a donde vaya, tengo los papeles”, dice con énfasis y no puede disimular el dolor mientras señala varios diplomas enmarcados en una pared que registran tanto su ordenación como el título de sicólogo que obtuvo después.

El ‘paisita’ no quiere sin embargo darles el gusto de echarlo. “Quien me puede quitar a mi ser sacerdote, nadie. Creo en lo que hago, amo el sacerdocio y quisiera poder hablar con el papa Francisco para algún día poder tener un permiso y que no me molesten la vida, no ya para que me asignen una parroquia. Una parroquia me limitaría para seguir ayudando como lo hago”.

¿La leucemia de Joseph? La pregunta sobre su hijo le devuelve la sonrisa amplia de otros momentos. “El niño se curó, está muy bien. Hace tres meses se hizo los últimos exámenes y no aparece nada, solamente plaquetas bajas. Su cuerpo no asimila el hierro, por eso hay que ponerle la inyección de Complejo B. Es lo único. ¿Cómo te explico yo que es un milagro…?”

Ay!

8 sep
Ilustración de Simón Birch

Ilustración de Simón Birch

Ay! dolor dolor dolor.
Cada dedo que roza el etéreo encaje de una blusa; 
Cada sonrisa que, cómplice, comparte el suave despertar de un cariño entrañable;
Cada mirada clara que intenta abarcar el universo amoroso.
 
Cada uno de esos gestos ajenos me hiere,
cada uno de ellos evoca la real irrealidad.
Aún no puedo entender.
Sigo sin comprender.
 
Ay! dolor dolor dolor.
¿Es esto la agonía del final?
Si así es, ¿qué esperar?
Si no, ¿qué esperar?

El cielo bohemio

29 jul

Irusta- ¿Agustín Irusta?, sí, lo tengo. Ya se lo pongo jefe – y corre al mostrador a buscar en la pila de cds  piratas que conforman la discoteca de ese pequeño bar.
- ahhh, vos tenés mucha música, pero no sabés programar… – lo mira con los ojitos a medio cerrar que se adivinan juguetones, como el comentario.
- Pero aquí viene y se le atiende como merece – responde desde el mostrador con la gran sonrisa que no se ha desdibujado desde que nos sentamos en una de las mesas que acaba de sacar a la terraza.
- No me ‘lamboniés’ que no te voy a dar nada… – y ambos ríen a las carcajadas.

Son las 11 y la mañana comienza así, con esta mini tertulia, llena de nostalgia y cada vez más pasado repetido y sentido. Con tango y cerveza en un medio día cómplice, mi papá comparte uno de esos lugares a donde iba cuando nadie sabía en dónde se metía. Y es simplemente una tienda al borde de La 80, justo en donde se puede ver a la señora, a la niña y al jubilado que suben las escaleras que los lleva, a paso seguro, al otro lado de la avenida.

Hoy el sol celebra una mañana despejada con olor a tierra húmeda. Una brisa ligera diluye el olor citadino que acompaña al asfalto. Y la voz de un revivido cantor austral sale por los parlantes conectados a una vieja grabadora que todavía presume de casetera. La potente voz del rosarino llena los espacios abiertos del parquecito al lado del bar y de los cuatro metros de andén que hay hasta la calle.

- Eso lo grabó aquí. No es una buena versión, le falta acompañamiento – reflexiona mientras apura un largo sorbo de Pilsen, la de siempre, la paisa.

- Es para que luzca la voz, supongo – respondo por decir cualquier cosa  mientra tomo un trago de mi Club Colombia roja.

- Sí, pero es solo un piano, es pobre – escucha con atención mientras mira a ninguna parte; siempre le gustaron las grandes orquestas, los acompañamientos sofisticados.

- Irusta se la pasaba mucho por acá, se mantenía por los cafés del barrio Colombia, lo conocían mucho -. Toma el segundo gran sorbo y casi termina la botella. La pone en la mesa y sonríe con placidez mientras las hojas del árbol hacen que los rayos de sol bailen sobre su cabeza blanca.

Sus 77 años y esa maldita enfermedad que va embotando su presente, lo hacen recrear cada vez con más emoción su pasado.

De pronto me mira con esos ojos pequeñitos ya de tiempo y cansancio y con su gran boca extendida hacia sus mejillas surcadas de históricas sonrisas repetidas, se complace:

- Es que la vida bohemia es muy buena. Yo aspiro a llegar allá, al cielo bohemio.

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