
Hace algunas noches me invitaron a la inauguración de una agencia de comunicación de militantes peronistas. La Paco Urondo se inscribe en esa línea política que reivindica al Estado y cree firmemente en lo que se llama un proyecto nacional y popular, que cercanamente en el tiempo identifican, desde el 2003, con la llegada a la presidencia de Néstor Kirchner, seguida por la de Cristina Fernández. Según coinciden muchos la administración más peronista desde los tiempos del mismo Perón.
Cuando llegué a la Argentina y vi el variopinto paisaje político, quise encajar lo que leía, percibía y me decían, en mis cánones ideológicos: izquierda, derecha, centro y sus matices. Y una de mis mayores dificultades la he tenido con los que se inscriben en ese partido que nació de la figura de Juan Domingo Perón.
Tanto si gobierna, como cuando se presenta como oposición e incluso cuando fue proscrito, el peronismo es la fuerza que ha definido, para bien o para mal, la historia de este país desde que comenzara la segunda mitad del siglo XX.
Pero es, como se dice, una bolsa de gatos. Es difícil hacer encajar al ultraneoliberal Carlos Menem, que básicamente privatizó todo, en el mismo espacio político en el que se inscribe un movimiento popular como Proyecto Sur del cineasta Fernando Pino Solanas que reinividica la estatización del manejo y explotación de los recursos naturales y los servicios públicos, por ejemplo. Ambos se dicen peronistas. O pensar en la tercera presidencia de Perón, con el oscuro José López Rega, creador de la infame Alianza Anticomunista Argentina (AAA), como figura esencial de ese mandato y a la vez pensar en el grupo Montoneros, quienes reivindicaban la figura de Perón, un socialismo nacional y una raiz popular.
Los años que llevo aquí aún no me han podido explicar “en plata blanca” cuál es la trama que une todos estos personajes y movimientos. En otras latitudes estarían en las antípodas políticas, aquí se arropan bajo el mismo manto, el peronista. ¿Qué es entonces el peronismo? No hay ni asomo de posibilidades para mí poderlo explicar aún. Sigo en proceso de tratar de entender ese meta paisaje.
Lo que sí me dejó claro, cuando asistí en una noche muy fria a esa inauguración, es la mística que aún sigue llenando de ideología y convicción a una militancia política de base. Cuando se crece en una sociedad donde el consumo creciente y la acumulación se han convertido en ideal de éxito; el valor del esfuerzo individual ha superado al trabajo colectivo y solidario; y sobre todo cuando se ejerce el periodismo en donde demasiado tiempo se está en contacto con las intrigas, trapisondas, zancadillas y poco trasparentes prácticas politiqueras, entrar en contacto con gente que sigue depositando su esperanza en la política como vía para lograr cambios o mejoras sociales masivas, es, por decirlo leve, refrescante.
Y vale el contraste. Esa noche peronista, más allá de mis coincidencias y diferencias con sus militantes, me llenó de una cálida sensación de estar en sociedad, de estar contenida. Y casi, casi canto y salto la marcha peronista...